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  autor : Anonimo 
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Las dos mitades del paraíso

Estaba dormido aun, cuando empezó a notar una terrible excitación en el pene y eso le hizo despertar. Abrió los ojos y vio a ella mirándole a la cara mientras le hacía una felación. Se detuvo y le dijo:

-Buenos días, Amo. Es la hora de despertarse.

Él recordó entonces que le había ordenado aquella noche que lo despertase así. Ella prosiguió, hasta que él se corrió. Pensó entonces que eso valía medio paraíso. Se dirigieron a la ducha y ella lo lavó. Al limpiarle los genitales, se excitó de nuevo y le ordenó que colocase las manos tras la espalda. Cogió la esponja y comenzó a limpiarla, hasta que llego a su coño y entonces metió sus dedos en este. No se detuvo hasta que le llegó el orgasmo a ella. Después, ella lo secó y preparó el desayuno mientras él se preparaba para marcharse al trabajo. Mientras lo tomaban él le dijo:

-Tienes que comprar condones, se están acabando.

-¿Hoy precisamente?, -preguntó ella. -Aun quedan.

-Cómpralos tú, sabes que me da corte.

Él le dio un beso de despedida y se fue a trabajar. A ella le quedaba un poco de tiempo aun. Hizo la cama, se quitó el collar, se vistió y por fin se fue también a trabajar.

Él regreso antes a casa. Se sentó leyendo un libro esperándola. Cuando por fin ella llegó, le ordenó:

-No te pongas el collar. Me apetece dar un paseo.

Mas tarde, regresaron a casa. El preparó la cena, pues era mejor cocinero y tenía más platos en su repertorio. Tras cenar, el se sentó en el sofá y ella apareció desnuda, con el collar.

-Trae la fusta y las esposas, -ordenó.

-Si, amo.

La castigo. Hacía tiempo que no lo hacía y no debían perder la costumbre. Después, la llevó al lecho y la usó. Cuando él se corrió, fue al baño para quitarse el usado condón y tirarlo a la basura. Regresó al dormitorio. Se quedó muy sorprendido, pues ella se estaba quitando el collar.

-¿Que haces?, -preguntó.

-¿No recuerdas que día es hoy?, -le dijo arrojándole el collar. - Hoy era día 31. Se ha acabado tu mes de amo y ha pasado ya un cuarto de las doce de la noche. Me debes quince minutos.

Él cogió el collar y se lo puso en su cuello.

-Ve a por la fusta, -le ordeno ella. -Voy a castigarte, por obligarme a comprar condones el último día.

Lo castigó duramente. Ya en el lecho, casi dormidos, ella le ordenó:

-Mañana me despiertas a la hora de siempre con la lengua en mi coño. Quiero empezar bien el día.

Entonces ella le dio la espalda y se durmió.

Él, notando aun el dolor de los azotes y el collar en su cuello, pensó que estaba ahora en la otra mitad del paraíso.

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