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Isabetta, una belleza noble, se enamoró de su pariente que solía frecuentarla en el convento donde estaba encerrada. Pasaron muchas horas felices en la celda practicando trotes y galopes hasta que las monjas curiosas husmearon su secreto. La abadesa Usimbalda, al enterarse de tal infamia, decidió castigar a los culpables. Ordenó que la avisaran en el caso de una aparición sospechosa. Por desgracia, ocurrió en la noche cuando ella misma recibía una visita placentera de un cura que muy a menudo entraba en sus aposentos bien escondido en el fondo de un arca. “¡Madre! ¡Isabetta se va a acostar con un hombre embozado!” “¡Ya voy!”. Temerosa de la invasión de santurronas en su propio espacio privado, Usimbalda se vistió de prisa sin percatarse de que en vez de su cofia llevaba calzconcillos del reverendo padre.
Durante el tribunal la abadesa echaba rayos y centellas. “Tu comportamiento ensucia la pureza de nuestro ambiente austero y apaga la luz de nuestra devoción. Has destruido el honor y la buena reputación del convento. Ningún acto de contrición limpiará esta mancha”. La pobre Isabetta no paraba de llorar. Las amenazas fustigaban sus oídos y picaban su alma cual un enjambre de avispas. De pronto levantó la mirada… “Madre, tenga la bondad de arreglar su cofia. Después hablaremos”. “¿Te atreves a bromear, sinvergüenza? ¿Qué cofia?” “Arregle la cofia y diga lo que se le antoja”. Bastó una mirada a la superiora para captar la alusión. Entonces Usimbalda cambió de tono y se puso a predicar todo lo opuesto al discurso previo. “Hija mía, es difícil resistir a la llamada carnal. Cada una se consuela como puede. ¡Pero a hurtadillas! ¿Entiendes? Vete con Dios. Disfruta el resto de la noche. Tampoco soy de piedra y no me apetece malgastar mi tiempo con vosotras. Me están esperando”. Isabetta regresó a la celda, dispuesta a continuar las lecciones del evangelio. Y la abadesa se reunió con el cura. “Deja en paz a los tortolitos, - dijo él. – La boca se hace más joven con los besos. Aprende a preparar el elixir de juventud. Te ayudaré”. Acto seguido se fundían en un ósculo húmedo. Usimbalda se sentó a horcajadas sobre su amante e inició una lenta cabalgata, azotada por la mole de su barriga.
Éste fue el material que conseguimos rodar a velocidad de alud. El director Alfonso daba saltos de alegría. “¡Bravo, Juanito! ¡Bravo, maestro! Os merecéis un Oscar. Tú y tu incomparable mujer, - se volteó a felicitar a otros actores. – Gracias de corazón. Nos hemos lucido”. Mi cuñado obeso sudaba como un misionero capturado por una tribu de antropófagos salvajes. Deleitaba nuestro olfato con olores de calamares fritos que desprendía su sotana raída. “Ya soy un poco mayorcito para esas travesuras, pero me encanta. Creo que moriré jugando”. “Conmigo” – susurró Isabetta, alias Silvia, mi adorada hermana, pegándose a sus labios babeantes que colgaban hasta la barbilla. Daría mi vida a un mago que descifraría el enigma de la elección femenina. ¿Por qué un tío repugnante se convierte en un objeto de deseo y un joven apuesto es rechazado sin misericordia? “Mi amor por vosotros no tiene límites” – repetía Alfonso, al borde de lágrimas. “Al igual que nuestro afecto por ti” – respondieron en unísono, al borde de lágrimas también. Oh, sí, tanto afecto le tenían que por poco le llevaron a la ruina patrocinados por el ministro de cultura. Hubo una historia rara con el estreno de “Fausto”. El actor que interpretaba el papel de Mefisto desapareció justo después de la primera representación. Alfonso debía pagar el pato, indemnizar los gastos, abandonar su puesto. No obstante, pocos años después, el ave Fénix resurgió y empezó a construir el castillo de nuevos planes sobre las cenizas de fracasos anteriores. Actualmente estaba creando “Decamerón”, una serie de varios capítulos. Yo, Mario Barrera, su principal ayudante y el bohemio más perezoso del planeta, participaba activamente en el proceso o más bien creaba una ilusión convincente de mi eficiencia. Por suerte, trabajamos en un convento, ubicado en mi ciudad natal. Así obtuve la posibilidad de alojarme en la casa paterna donde había transcurrido mi infancia. En la compañía agradable de Silvia, mi cuñado y sus dos hijos. Y en la compañía no tan agradable de mi otra hermana que se preparaba para tomar los hábitos y alejarse de “vanidad de vanidades”. Se llamaba Inmaculada y en efecto lo era.
Quiero aclarar de entrada que mi amor por Silvia no sólo huele al incesto, sino apesta. Gracias a ella me convertí en un Gran Masturbador, un fetichista, un masoquista, un torturador de putas que no se parecían a ella… total, un energúmeno. Menos mal que me libré de la obsesión con la ayuda de una legión de psicoanalíticos. A veces los recuerdos afloran y entonces sueño con desgarrar su vestido ceñido, chupar sus pequeños pechos hasta provocarle un desmayo, besar su ombligo acaramelado, morder el melocotón de su trasero, catar el licor de su entrepierna, clavar mi puñal en la hendidura caliente y… necesito barriles de tinta para describirlo en detalle. Ella está totalmente enfrascada en la pasión por su marido Juanito y no se fija en nadie (aunque en una ocasión la sorprendí mirando una tarjeta con la letra M, murmurando “¡Qué tiempos aquellos!”). Yo soy un tío perfecto para sus hijos: Azazel, un niño simpatiquísimo de ojos amarillos e inteligencia desarrollada; Lope, un clon del padre, con la misma berenjena en lugar de nariz y los mismos párpados de tortuga propios para los judíos.
Mis sentimientos por Inmaculada carecen de matices. Aversión intensa, pura, irreparable. Su mera presencia me asfixia y me provoca arcadas. Cerca de ella deseas una sola cosa: pudrirte bajo telarañas y hojas secas. Un ser subterráneo que “deslumbra” con una cara agria, tonta como el culo de un vaso, y un cuerpo grueso, ideal de pintores renacentistas. Huele a a cal, a incienso, a muerte prematura. Todo un tesoro para una película de terror: piel lívida de Frankenstein; una melena más negra que el plumaje del cuervo; ojos de distinto color – uno marrón, el otro verde. Fruto del primer matrimonio de mi madre y un biólogo paranoico. Yo y Silvia somos rubios, agraciados y muy extrovertidos. No soportamos el ambiente soso que reina en las misas – un caldo de cultivo para Inmaculada, siempre pegada a las espaldas de su confesor, con la mirada perdida en el breviario. Ninguna mujer de mi entorno encaja con los claustros como ella. Con una salvedad: a diferencia de las monjas no sabe cocinar. Hasta los cerdos no se atreven a tocar sus manjares.
*
Intuía infaliblemente que Silvia y su querido esposo, calentados por Decamerón, montarían un espectáculo digno de contemplar. No me lo perdería. Perforé un orificio en el suelo para obtener el acceso a su dormitorio, situado justamente debajo de mi habitación. La realidad colmó con creces mis expectativas. Juanito apareció en un disfraz de ermitaño. Y ella le esperaba en una túnica sencilla que dejaba entrever sus encantos. “Padre mío, mi único anhelo es servir a Dios” “No hay una obra más benéfica que meter al Diablo en el infierno, hija mía”. “¿Qué debo hacer?” “Obedecer, nada más” Se quitó la ropa de un tirón descubriendo una flecha que la apuntaba amenazante. ¡Vaya monstruo! Silvia se agarró del juguete con una sonrisa inocente y soltó un gemido de asombro. “¡Qué palanca tan espantosa!” “Es el Diablo que me tortura” “Qué bien, no tengo nada semejante” “Tú tienes el infierno abrasador, creado para la salvación de mi alma. Si conseguimos atrapar al Diablo en su prisión aliviarás mis penas y Dios te lo agradecerá” “Entonces vamos a encerrar al espíritu maligno en mi infierno”. “Bendita sea tu devoción, hija mía”. La desvistió al instante y se lanzó a chupar sus pechos turgentes, algo más grandes debido a dos partos. Mi mano subía y bajaba por mi propio instrumento endurecido al compás de sus caricias. Imaginé que los labios de mi hermana se cerraban en torno de mi capullo y lo succionaban sin parar. El contraste entre los amantes resultaba de lo más obsceno. Merecían el apodo “parejita extravagante”. La bella y la bestia. Un hipopótamo y un cisne. Un sapo y una paloma. ¡Ay! Mi propia bestia se reventaba de excitación. No sé qué crimen cometería para tener a Silvia, así, tumbada, indefensa, abierta para mí. Pero era aquel gordo gracioso quien entró en su cueva y empezó a bombear como loco. Ella se quejaba al estilo de una virgen: “Qué malo es este Diablo, padre. El mismo infierno siente dolor cuando lo recibe” “Todavía no está acostumbrado a sus visitas, hija mía. Eso tiene arreglo” Lástima que no hubiera posibilidad de aplaudir a su brillante interpretación del cuento más cómico de “Decamerón”. No aguanté más. Mi semen salió a borbotones formando un charco sobre la alfombra. Si participara en un concurso de pajilleros me inscribirían en el libro de Hynness. “Silvia es capaz de seducir al verdadero Diablo” – pensé en voz alta. Me pareció oír una carcajada ronca en el fondo del espejo…
El azar me deparaba otras sorpresas. Por el camino al baño percibí unos jadeos elocuentes que provenían del cuarto de mi hermana mayor. Entreabrí la puerta y me vi frente a un show de alto voltaje. La beata se masturbaba con un enorme crucifijo a la vez que se daba una tunda con un látigo y clavaba alfileres en sus tetas de infarto. Su frente sangraba gracias a una corona de espinas. Cada dos minutos saltaba a una silla y miraba en un agujero horadado en el techo. ¡Claro! Yo no era el único quien quería gozar de las diversiones de Silvia. Para colmo, la pantalla del televisor mostraba las imágenes recién filmadas en el convento. ¡Menudo ingenio! El cuerpo rellenito de Inmaculada se deshacía en convulsiones mientras hundía el crucifijo en su interior y susurraba entre dientes: “Sufre, puta. Ay, Señor, perdona a tu oveja descarriada que no ansía más que glorificarte” Y después: “¡Tómame, Juanito! ¡Soy tuya! ¡Tu mujer! ¡Fóllame!” Alucinante. Un escalofrío de repulsión reptaba por mi espina dorsal. “Mejor que te cases, hermanita” – dije para mis adentros y cerré la puerta con cuidado.
Al día siguiente conté el episodio a mi madre con la que solía sincerarme desde niño. Mi atracción por Silvia constituía el único tabú. Por ello omití los pormenores de mi propia paja limitándome a la descripción de la frenesí de Inmaculada.
- ¡Desgraciada! Lleva un animal en sus entrañas que pugna por salir. Siempre ha tenido un temperamento indomable, no muy apto para el convento. No hay manera de convencerla. Tan testaruda…
- ¿Está enamorada de Juanito?
- Desde el primer segundo cuando lo vio.
Me acordé de las palabras de Silvia: “Tengo una sospecha bien fundada de que todo el mundo esté enamorado de mi Juanito”. Otra vez Juanito. Juanito por todas partes. ¡Hembras chifladas!
- Te digo más, hijito… Intentó envenenar a Silvia.
- ¿Cómo? ¿Cuándo?
- En el período de noviazgo. Fracasó por pura casualidad. Silvia arrojó el trozo de carne a nuestro perro.
- ¡A Diamante! ¡Mi favorito! ¡Misteriosamente fallecido! Lo achacamos a la vejez. ¡Pero mamá! ¡Es un crimen! ¡Vamos a denunciarla!
- ¿Y las pruebas? Me lo confesó a solas. Y yo no haré nada. Ha recibido un castigo lo suficiente fuerte. Con esos apetitos sexuales que buscan la descarga y no la encuentran… ¡Maldita operación!
- ¿Qué operación?
- Estaba enferma. Hace poco nuestra ginecóloga le practicó algo en los ovarios… o en las trompas… no me entero de eso. De ahí el cosquilleo constante que la persigue. Se moja en seguida. Necesita una relación intensa para contrarrestar el daño colateral.
Mi odio por Inmaculada seguía creciendo. No le perdonaba la tentativa de matar a mi bella Silvia. Al principio pensaba estrangularla con el placer sádico de Otello. O echarle arsénico en la comida. Poco a poco ideé un plan: sacar al animal que la devoraba desde dentro. Por su bien. Tres personas de nuestro equipo deberían hacer realidad de mis fantasías malvadas. 1. Enrique. Un actor pésimo, obsesionado con tirarse a una monja. “Sabes, Mario, mi sueño más preciado es desvirgar a una monja auténtica que me contaría sobre el Juicio Final durante la posesión” - decía a menudo. 2. Gonzalo. Un obrero que se encargaba del montaje del decorado. Un gorila peludo sin una chispa de reflexión en los ojos. 3. Tomoko. Un técnico en imagen de origen japonés. Un pillo afligido por la ausencia de líos con mujeres españolas.
*
- ¿Crees que vendrá?
- Por supuesto. Recuerda la carta que le escribí: “¡Inmaculada de mi alma! Sé muy bien que estoy cometiendo un sacrilegio imperdonable. Pero no puedo guardar silencio. Necesito verte y hablarte antes de que serás inaccesible detrás de las rejas del convento. Es mi única oportunidad de pronunciar tantas palabras acumuladas en mi corazón. Ven al establo a la medianoche. Te esperaré hasta la eternidad. Tu Juanito”.
- ¡Qué barbaridad! No va a pillar el anzuelo.
- Apuesto mi cabeza…
- ¡Punto en boca! ¡Una hembra se está acercando!
Me puse un antifaz y me arrellané en el sillón, listo para disfrutar de la película gratuita “Vejación de una mojigata”. Obviamente no iba a tocar a ese esperpento, no lo haría ni por un millón de euros.
- ¡Juanito! ¡He venido! – la voz graznante de Inmaculada vibraba de ansiedad.
- ¡Aquí tienes a Juanito! – exclamaron tres granujas abalanzándose sobre su presa.
La inmovilizaron en un abrir y cerrar de ojos. Ella pataleaba y les amenazaba con un rayo divino que les partiría por el intento de profanar su santidad (para la euforia de Enrique).
- Yo te partiré antes que el rayo me partirá a mí, - se rió Gonzalo mientras hacía jirones de sus ropas, palpaba su vientre fofo y estrujaba dos pasteles hinchados, denominados “pechos”.
Los compañeros tampoco eran mancos. Cuatro manos pellizcaban los muslos exuberantes y el trasero monumental cuyos cachetes se asemejaban a pelotas de goma.
- No se nota que te atienes a los ayunos. A ver que llevas bajo la falda… ¡vaya cosita tan peluda! ¿Es una zarza ardiente?
- ¡Guárdate de mi sancta sanctorum!
- Ahora empezamos con latín. ¡Tápale la boca!
Enrique la amordazó con su lengua besando a la desesperada. Gonzalo aprovechó para atarla a una tina donde servían comida a los cerdos y Tomoko – para estirar sus carnosos labios vaginales y de paso introducir un dedo que entró en su hoyo sin aparente dificultad. Su vagina se lo comía entero con avidez de un recién nacido. Todo sucedía a un ritmo vertiginoso, “molto allegre”, como en un rodaje acelerado.
- Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu. Si es tu deseo de verme pisoteada por esas alimañas despreciables me resigno. Si es tu deseo de verme crucifada en el monte Gólgota me resigno. Así podré subir a la altura del reino celestial, - vociferó Inmaculada en cuanto se libró del beso asqueroso.
Entretanto, sus pisos bajos reaccionaban muy bien a los estímulos del japonés que no mezquinaba ágiles lametones al erecto clítoris. No estoy seguro en cuanto al reino celestial, pero sí podría subir a la máxima altura de lujuria gracias a la temperatura de su horno interior.
- Una muerte terrible os acechará después de la última campanada, - seguía escupiendo maldiciones en plena contradicción a los espasmos de su “sancta sanctorum”. Tomoko sabía muy pocas palabras en español, así que no le prestó atención, enfrascado en la exploración de una raja tan generosamente anegada de flujos.
- Entonces vamos a sonar a tus campanas, - respondió Enrique a la vez que agarraba una teta y mordía el pezón abultado.
- ¡Ding! ¡Ding! ¡Ding! – gritó el degenerado de Gonzalo repitiendo las mismas acciones.
- ¡Servidores del Diablo! El Dios Todopoderoso os condenará en el Juicio Final. Vais a sufrir unas torturas muchísimo peores que sufro yo, - pese a la presencia del japonés entre sus piernas Inmaculada infundía respeto con su discurso retórico interrumpido por esporádicos resoplidos del placer que no controlaba.
- Será nuestro próximo punto de encuentro, preciosa. Por cierto, la presunta tortura te complace mucho al juzgar por los jugos destilados. ¿Sabes qué significa? Tu conejito pide buena zanahoria.
Enrique apartó a Tomoko y empezó a frotar su glande por los húmedos labios que parecían sonreir de un modo provocativo. Aquel fue el momento clave cuando mi hermana perdió los papeles y soltó a su “animal” de la jaula de hipocresía.
- ¡Sí, cabronazo! ¡Tienes razón! ¡Estoy muy hambrienta! ¡Demasiado! No me jodas con palabras, hazlo con tu maravillosa tranca.
El asombro les dejó boquiabiertos, incapaces de manosearla durante unos ratos. Incluso Tomoko se enteró del sentido explícito del mensaje.
- A las órdenes de la dama, - tartamudeó el actor, bastante desconcertado. Se acomodó entre los muslos rollizos y empujó rumbo a un himen… inexistente. - ¡Vaya estafa! ¡No es virgen!
- Tranquilo, tu vergota es la primera que recibo. Me he desflorado yo misma con objetos no animados.
- ¿Con qué lo hacías?
- Más fácil contestar con qué no lo hacía.
- ¡Puta!
- ¡Sí! ¡Puta de Babilonia que monta la bestia de Apocalipsis!
- ¡Estamos cometiendo un pecado mortal! ¿Has olvidado?
- Te absuelvo los pecados, hijo mío.
El sueño preciado de Enrique se vino abajo. No obstante, entraba y salía de ella a velocidad de una trituradora. Si pretendía darle un disgusto fracasó. Por lo visto las sacudidas brutales la ponían a mil.
- ¡Sí! ¡Mete el gol en mi portería! ¿Y tú, morenito? ¿Por qué me miras con los ojos de un cordero degollado? Ven aquí. Déjame probar el embutido que te revienta la bragueta. No te cortes. ¡Y desátame!
La muy descarada bajó el pantalón al obrero atónito y le obsequió con un servicio profesional.
- ¡Cuánto tiempo llevo a la espera de un mazo así, duro, gordo, bronceado! No sabe a embutido, sino a jamón serrano. ¡Cómo te laten las venas, mi niño! ¿Te gusta la lengua de mamá? ¡Toma! ¡No apartes de mí este cáliz de dulzura! – y se ocupaba del enorme miembro con más esmero lamiendo, chupando, pajeando sin restricciones. No paró hasta que unos chorros espesos embadurnaron su cara. Tampoco tuvo reparos en tragar la “producción” que alcanzó su boca.
- ¡Viva la clase proletaria! – comentó Enrique que se movía con poco entusiasmo debido al apagón del morbo inicial. Ella fue el eje giratorio que retorcía todo su cuerpo, levantaba la pelvis, tensaba los músculos vaginales manipulando a su violador como un títere por el camino a una descarga inminente.
- Ahora te toca a ti, asiático de mierda, - ordenó a Tomoko que practicaba una cubana y señaló a su concha “vacante”.
El japonés no tardó en llenar el vacío. No estaba tan dotado como otros dos, pero lo recompensaba con su maestría. “Buen chico” – le alabó Inmaculada y volvió a apresar entre sus mandíbulas el “jamón” de Gonzalo que la atraía más que un imán. Además, se le ocurrió masturbar el pene fláccido e inerte de Enrique. El pobre se negaba a aceptar la realidad espeluznante. Una fiera feísima en vez de una doncella casta. Obscenidades en vez de lloriqueos. Todavía albergaba un rescoldo de ilusión acerca de su culo que podría romper en las mejores tradiciones sádicas. Reanimado por la idea, se dedicó a dilatarle el agujero, restregar la punta de su amigo contra esas nalgas redondas y ejercer una lenta presión. Ella no paraba de cabalgar al representante de otra cultura sin manifestar ningún tipo de protesta. Ni siquiera se quejó cuando se sintió ensartada por detrás.
- ¡Me cago en…! ¡El ano tampoco es virgen!
- ¿Y tú que esperabas, idiota? – le espetó cínicamente abandonando por un instante a la víctima de su ataque oral.
Irritado hasta un grado inefable, Enrique se propuso la tarea de causarle mayor daño posible. Se esforzó en arremeterse contra el trasero insondable y sodomizar sin miramientos. Lo que consiguió fue un berrido de satisfacción.
- ¡Eso me gusta! ¡Inmaculada bien enculada! ¡Adelante, caballeros! ¡Seguid remando en el Mar Muerto de mis entrañas! ¡Destrozad el tabique entre mis orificios! ¡Soy más ancha que Jerusalén! ¡Más ancha que el Universo! ¡Entrad todos! Un camello puede pasar por el ojo de una aguja. Asimismo miles de hombres pueden pasar por mi túnel. Jesús alimentó a una multitud con cinco panes. Yo alimentaré al mundo con el pan de mi cuerpo y saciaré su sed con el vino de mis fluidos. ¡María Magdalina! ¡Éste es mi destino! ¡El destino de una elegida!
Sudorosos y horrorizados, se corrieron dentro de ella. El japonés aguantó un poco más. Inmaculada se lanzó al “proletario”, tomó su herramienta y la guió hacia su gruta omnívora. Lo utilizaba como un consolador sin importarle sus sensaciones ni mucho menos su personalidad ausente. A su gran desengaño, Gonzalo se derramó en unos minutos. Los impresionantes atributos viriles no le salvaron del miedo ante una amazona tan salvaje. De hecho, a lo largo de toda esta sesión de puro absurdo, yo sofocaba mis carcajadas con un pañuelo. Justo lo que sospechaba. La acosada se transformó en un verdugo implacable. Les dominaba por completo. Un pulpo viscoso que atrapaba a los navegantes descuidados. ¿La moraleja? Hay que gozar sanamente, a tiempo. Las que se reprimen y resisten a la Madre Naturaleza corren el riesgo de contagiarse de la enfermedad “desmadre de Inmaculada”.
- ¿Qué pasa, capones? ¿Os habéis rendido? ¡Qué débiles! Todavía no he terminado con vosotros. ¡Mi útero no está contento! ¡Necesito embestidas! ¡Irrigación! ¡Vigor masculino!
Por enésima vez atormentó a los tres con felaciones y manoseos. Clavaba las garras en la carne expuesta al estilo de Freddy Crugger, tiraba de los testículos como si quisiera arrancarlos, jugaba con el prepucio y el frenillo, ordeñaba y exprimía hasta la última gota. Literalmente les obligó a realizar unos cuantos polvos más que provocaron algún que otro orgasmo. Cualquier acto sexual le parecía insuficiente, minúsculo, ínfimo por el contraste con sus exigencias. Al final la compasión me venció. Salí al escenario, saludé cordialmente a mi hermana y le ofrecí una copa de vino (en la que acababa de echar somnífero) junto con la promesa de “follarla como nadie”. Al cabo de un cuarto de hora roncaba plácidamente sobre el heno. Yo pretendía eso. Ponerla en su lugar adecuado. Cubierta de mugre y semen. Desgreñada y furiosa. Rezumando ninfomanía por los poros. Predicando la depravación con el mismo ardor con que predicaba dogmas religiosos. La convertí en la abadesa Usimbalda de nuestra película.
Mis amigos huyeron a la desbandada. Se mostraban abatidos, a punto de llorar. Sólo el japonés sonreía, ya que los japoneses sonríen siempre.
- Podéis decirme: ¿quién violó a quién? – exclamó Gonzalo.
Guardamos silencio. La respuesta parecía evidente.
- ¿Acaso no hay pureza en este mundo perverso? – suspiró Enrique, el más indignado.
- Quielo dolmil, - murmuró Tomoco que no sabía pronunciar “r” y no se avergonzaba en lo mínimo.
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Mi familia no volvió a saber de Inmaculada que desapareció misteriosamente sin dejar ni una huella, ni una nota. Las monjas ingenuas creían en su ascenso hacia el “reino celestial”. Sin embargo, yo tuve la suerte de contemplar los resultados fabulosos de su evolución. Durante una marcha alocada nos metimos en un antro de mala fama, un cabaré preferido de drogadictos y delincuentes. Allí me topé con ella, la diosa del vicio, que deslumbró al público con la interpretación estelar de su canción “Qué promiscua soy, madre mía”. Totalmente desnuda debajo de una transparente malla rosada. Pelo adornado con lentejuelas y plumas de avestruz. Pezones teñidos de carmesí y traspasados por aretes. Pubis empolvado de oro. La reconocí por sus ojos desorbitados, de distinto color, que le daban un encanto peculiar para su papel, algo que se llama “glamour”. Sin lugar a dudas, el animal encontró la guarida que le correspondía. Se acercó a mi mesa después de tontear con marineros borrachos y me besó en la boca como si tal cosa. Dijo que se sentía la mujer más plena y feliz del planeta, ahora, cuando tantos hombres pasaron por su “infierno” y apagaron parcialmente las llamas que la consumían. En la calle me olvidé de ella. Nunca me caía bien.
Nuestra versión de “Decamerón” batió todos los records taquilleros. Después del rodaje Juanito y Silvia engedraron una niña hermosa a la que pusieron el nombre Isabetta. Yo estoy absorto en planes maquiavélicos que atañen al director Alfonso. Sueño con arruinarle y apropiarme de sus proyectos lucrativos. ¿Tenéis alguna idea?
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