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La situación en Cuchipanda se estaba haciendo insostenible. Las quejas se multiplicaban día tras día. Las medidas de las autoridades locales, lejos de solucionarlo, habían agravado más el problema. El gobierno central no podía excusarse por más tiempo y seguir alegando que aquello quedaba fuera de sus competencias. Los ciudadanos de pro alzaban su voz cada vez con más fuerza e insistencia y las primeras movilizaciones parecían inminentes.
La decisión de incordiar a las putas en su ambiente natural, sometiendo a un férreo control policial burdeles, putiferios, casas de citas y demás establecimientos del ramo, e incluso implantando ejemplares sanciones para quienes frecuentaran tales lugares, había causado una auténtica conmoción.
Las perjudicadas terminaron por lanzarse a la calle a la búsqueda de los clientes que no se atrevían ya a asomar las narices por los sitios de costumbre y ofrecían sus servicios en los lugares más insospechados. También ellas clamaban y reivindicaban su derecho a ganarse la vida honradamente.
La prensa sensacionalista se encontró con un filón de oro y la televisión no desaprovechaba ocasión para exacerbar aún más el ambiente a través de sus programas de mayor audiencia.
Acercar posiciones entre frentes tan antagónicos no se presentaba como tarea fácil. Había que hincar bien los codos y estudiar a fondo la cuestión para sacar adelante alguna norma que medio satisficiera a todos. Las supuestas víctimas a las que se intentó en un principio proteger (las prostitutas) se habían rebelado frontalmente, alegando que "de víctimas, nada" y que lo que se estaba haciendo con ellas era una clara discriminación.
Se creó una Comisión con representación de las carteras de Trabajo, Sanidad e Interior. Los tres titulares, una vez elaborados sus correspondientes informes, se reunirían a puerta cerrada con la sagrada obligación de, en el plazo máximo de tres días, presentar a la Presidencia un proyecto de ley que pusiera freno a tanto desmán.
Para hacer bien las cosas e impedir que nada ni nadie les molestara en sus sesudas deliberaciones, se acordó que la reunión tuviera lugar en un discreto chalé a las afueras de la capital con un no menos comedido dispositivo de seguridad.
El traslado de los ministros, saltándose todas las normas, se efectuó en un solo vehículo no oficial, de noche y en el más absoluto de los secretos.
El primer día surgieron algunas discrepancias. Trabajo abogaba por la legalización del oficio más antiguo de la humanidad, entendiendo que el erario público lo agradecería; Sanidad se llevó las manos a la cabeza ante lo que consideraba el mayor de los disparates, que sólo serviría para desacreditar aún más al ya de por sí bastante desacreditado gobierno; Interior, que parecía el menos motivado, daba por buena cualquier solución con tal que retiraran el problema de la calle, que era lo que a él le afectaba y le estaba produciendo no pocos quebraderos de cabeza.
—¿Para qué nos hemos reunido aquí? —se encaró Trabajo con Sanidad—. ¿Para salvaguardar el prestigio del gobierno o para solucionar el grave problema que tenemos en la calle?
—Para ambas cosas —replicó Sanidad—; pero la solución no está en legalizar y regularizar el ejercicio de la prostitución, sino en erradicarla —aquí se puso las gafas y echó mano a sus particulares estadísticas, falsas e interesadas como todas—. Las enfermedades venéreas se han multiplicado por diez en los últimos cuatro años; y ya no hablamos de simples gonorreas, sífilis o ladillas, sino de infecciones mortales como el sida...
—No nos salgamos por la tangente —cortó Trabajo el ya lanzado discurso de su colega—. No pretendamos echar sobre las prostitutas las culpas de todos los males. Esas enfermedades se producen tanto fuera como dentro de los prostíbulos —aquí se caló también sus gafas y se refirió a su propia estadística—. Respecto al tan cacareado sida, al menos un 20% de los casos son debidos al uso compartido de jeringuillas...
—Seamos realistas —intervino Interior con cara de aburrimiento—. Esto nos está pasando por meternos en camisa de once varas. ¿Quién coño nos ha mandando empezar a hostigar al gremio? Putas ha habido siempre y siempre las habrá, nos pongamos como nos pongamos. Por eso lo que yo propongo es una ley que parezca que quiere servir para algo y que no sirva para nada, dejando que las cosas vuelvan a estar como estaban antes.
—Pero eso sería una ley hipócrita —sentenció Sanidad.
—¿Y cuál no lo es? —replicó Interior—. Cada vez estamos jodiendo más al ciudadano y llegará un momento en que colmemos su paciencia. Hemos conseguido que conducir un coche sin infringir sea un imposible, estamos a ver cómo cortamos el asunto ése de Internet que se nos escapa de las manos, casi no le dejamos fumar y ahora queremos también ponerle crudo lo del follar. ¿Adónde nos puede llevar todo ello? A nada bueno, por supuesto.
—Olvidas algo primordial —apuntó Sanidad—. Estamos aquí porque existe un clamor popular contra la prostitución.
—¡Y una leche! —acabó de alterarse Interior—. Estamos aquí porque hemos echado a la calle a todas las putas.
—Es la única manera de combatir a las mafias que trafican con mujeres —perseveró Sanidad.
—Y así nos luce el pelo —terció Trabajo—. Sólo hace falta fijarse en lo eficaz que resulta mantener ilegalizado el consumo de drogas para combatir a las mafias que trafican con ellas.
—¿También defiendes la legalización de las drogas? —le miró con asombro Sanidad.
—Por supuesto que no —se defendió Trabajo—; pero la evidencia es la evidencia. El número de drogadictos aumenta año tras año y los narcotraficantes se siguen forrando. Cazamos a los pobres camellos, pero los capos siguen campando a sus anchas. ¿Qué les importa a ellos que por un lado incautemos mil kilos de cocaína si por otro nos están colando diez mil?
—¡Bueno, señores! —trató de poner paz Interior—. Estamos aquí para lo que estamos y todas estas disquisiciones no nos sirven para nada. Mejor será que nos pongamos a trabajar en lo que se nos ha encomendado... Por cierto, ahora que habéis mencionado las drogas: ¿hay que salirse fuera para fumar?
—Mi opinión es que no —vaciló Trabajo, empedernido fumador—. No creo que esto pueda considerarse un lugar de trabajo propiamente dicho.
Todos a una sacaron sus correspondientes cajetillas de tabaco y se aprestaron a devorar el primer cigarrillo matutino, advirtiéndose al momento un gesto de relajación en sus rostros y, consecuentemente, una mayor predisposición a afrontar el duro quehacer que tenían por delante. Hasta se entrecruzaron algunas bromas, los intercambios de criterios se tornaron mucho más sosegados y, poco a poco, Interior fue imponiendo su idea general de que había que congeniar permisividad e intolerancia para procurar, en lo posible, no herir susceptibilidades.
—Una de cal y otra de arena —sintetizó Sanidad con cómplice sonrisa.
—Poco más o menos —corroboró Interior, satisfecho de sus progresos.
Los primeros preceptos de la futura ley surgieron fluidos y sin la menor polémica.
«Artículo primero: El estado cuchipandés es un estado de derecho en el que, por mandato constitucional, los intereses generales han de prevalecer por encima de los particulares».
No era nada nuevo, pero de eso se trataba: de no decir nada nuevo que pudiera comprometer a unos o a otros. Además, la sutil alusión al «mandato constitucional» le confería gran fuerza al argumento.
«Artículo segundo: El estado cuchipandés es un estado democrático y, como tal, debe garantizar el libre desarrollo de todos y cada uno de sus ciudadanos y remover cuantos obstáculos se opongan al ejercicio de sus más elementales y reconocidos derechos».
¿Quién, en su sano juicio, podía poner trabas a semejante precepto? Por mucho que quisiera afinar la oposición, aquí no había cáscara que roer. Aquello prometía. A poco que se esforzaran, conseguirían marcar un antes y un después en el modo de legislar de Cuchipanda.
Como si hubieran cogido carrerilla, los artículos se fueron sucediendo uno tras otro con pasmosa facilidad, consiguiendo plenamente el nada fácil objetivo de que todos ellos fueran lo bastante ambiguos como para poder aplicarlos en uno u otro sentido, según conviniera.
Con prácticamente toda la labor hecha en aquella primera jornada, los tres ilustres personajes se las prometieron muy felices y, más que satisfechos, se retiraron a dormir con la tranquilidad que daba el saber que aún tenían por delante dos días para depurar, si es que ello era posible, su gran obra.
A la mañana siguiente, descansados los cuerpos y despejadas las mentes, todo era contento y optimismo. Hasta el sol, que se había mostrado esquivo la víspera, lucía esplendente. Interior, el más animado de todos por haberse salido plenamente con la suya, leyó en voz alta la sublime ley para que cualquiera expresara las mejoras o enmiendas que, a su juicio, hubieran de introducirse. Pero nada; la cosa había salido tan redonda de punto y hora que el más mínimo cambio no hubiera hecho sino estropear el armonioso conjunto conseguido.
—Creo que los objetivos quedan más que claros —sentenció Trabajo.
—Creo que, como debe ser —le rectificó Interior—, lo que queda claro es que nada queda claro.
—¿Os apetece un café? —propuso Sanidad, exhibiendo una misteriosa sonrisa.
Interior y Trabajo consideraron muy oportuna la idea y se dispusieron a levantarse; pero Sanidad, con un gesto, les incitó a que continuaran sentados.
—El jefe de seguridad —informó— me ha comunicado esta mañana que nos han asignado nuevo personal de servicio.
—¡Menos mal! —exclamó Interior—. El viejo que nos atendió ayer no estaba para muchos trotes.
Y, con gesto triunfal, Sanidad oprimió un botón que permanecía oculto bajo el borde de la mesa y que servía para reclamar a la servidumbre.
Fue una auténtica sorpresa para todos. Cuando, tras llamar educadamente a la puerta y obtener la venia para entrar, hizo su aparición en escena la rubia Ingrid, los miembros de la Comisión y los miembros de los miembros de la Comisión se pusieron en alerta roja.
La rubia Ingrid, con sus veinte aprovechados años recién cumplidos, no sólo era una auténtica delicia de mujer sino que, además, al presentarse inopinadamente en topless, su efecto fue aún más fulminante.
—¿Qué desean los señores? —inquirió con un acento que denotaba su origen nórdico, mientras su celeste y celestial mirada acariciaba los rostros de los tres patidifusos ministros.
Se sucedieron unos cuantos carraspeos antes de que cada cual acertara a pedir lo que quería. Ninguno se atrevió a hacer el menor comentario relativo a la escasa indumentaria de la joven hasta que ésta se hubo ausentado de la sala.
—¿Alguno sabe de qué va esta película? —se aventuró a preguntar Interior.
—Yo no, pero me gusta —se sinceró Trabajo.
—La verdad es que yo tampoco me esperaba esto —reconoció Sanidad—. Tal vez el jefe de seguridad nos pueda aclarar algo.
—El jefe de seguridad ya tiene bastante con sus cometidos específicos —se apresuró a decir Trabajo, nada partidario de que se aclarara nada.
La expectación subió muchos enteros cuando, además de la rubia Ingrid, hicieron su irrupción la morena Karen y la pelirroja Sandy, todas con similar uniforme (falda negra muy corta por abajo y nada por arriba) y cada una portando con gran estilo una bandeja en alto con su correspondiente servicio de café.
—¿Para quién el descafeinado? —preguntó Ingrid.
—Para mí, para mí —respondió Sanidad alzando levemente su diestra.
Y allá que fue Ingrid a sentarse sobre sus rodillas, colocándole una blanca servilleta a forma de babero y procediendo a servirle con la mayor de las complacencias.
—¿Azúcar o sacarina?
—Azúcar.
—¿Un terrón o dos?
—Uno, uno.
—¿Con leche o sin leche?
—Con un poquitín de leche.
—¿Fría o caliente?
—Mejor caliente.
El mismo cuadro se repitió entre Karen y Trabajo y Sandy e Interior. Y así, con cara de bobos y ajenos a la ridícula estampa que presentaban con las enormes servilletas colgando del cuello, los tres grandes de Cuchipanda aceptaron sin rechistar el que tan potables jovencitas les fueran dando sorbo a sorbo sus tacitas de café, limpiándoles de vez en cuando las babas que escapaban por las comisuras de sus labios.
Se miraban unos a otros con estupor, pero nadie dijo ni una palabra. Cuando las nenas, una vez cumplida su misión, salieron entre sonrisas y reverencias, todos pretendieron hablar al mismo tiempo, con lo que nadie entendió lo que dijeron los demás.
—¿Serán putas? —se preguntó Interior en voz alta, haciendo extensiva su duda a los restantes comisionados.
—Sean lo que sean —razonó Trabajo—, prestan un servicio exquisito.
—Aunque no comulgo con estas cosas —aclaró Sanidad, relamiéndose todavía— debo admitir que he quedado gratamente sorprendido.
—Yo creo —señaló Trabajo— que, de tan sumergidos como estamos en nuestras obligaciones, andamos un tanto desconectados de la realidad.
—¿Qué quieres decir exactamente? —se interesó Sanidad.
—Ya hemos empezado a hacer cábalas sobre si serán o no putas —se explicó Trabajo—. Y, sin embargo, cabe la posibilidad de que simplemente se trate de una nueva moda. Quizá las chicas son tan honradas como la que más y nosotros ya estamos poniendo en tela de juicio su honestidad por el mero hecho de haber aparecido con sus pechos al descubierto. Analizándolo fríamente, ¿qué hay de particular en ello?
—Bueno —medio se atrevió a bromear Interior—. No sé que opináis vosotros al respecto, pero a mí me han parecido unos pechos muy particulares.
Aunque tratando de darle una relativa importancia al tema, todos acabaron admitiendo que los pechos de las fámulas eran en verdad de lo más apetitosos.
—Y yo creo que son auténticos —apostilló Interior—; al menos los de la pelirroja que me ha tocado en suerte.
Y entre bromas y veras, casi sin darse cuenta, se plantaron en la hora del almuerzo. Unos tenues golpes a la puerta les sacó de sus disquisiciones y la nueva aparición de la rubia Ingrid, que había cambiado su falda negra por otra blanca igual de corta y de cintura para arriba mantenía la misma uniformidad, casi les sacó de quicio.
—¿A qué hora desean que les sirvamos la comida?
Nuevos carraspeos y tosecillas antes de convenir que ya era la hora adecuada.
—En tal caso, ¿tendrían la amabilidad de pasar al comedor?
Y en el comedor, cómo no, ya estaban aguardando Karen y Sandy, con los mismos cambios de indumentaria.
El proceso fue similar al de la hora del café, aunque se produjo una especie de rotación, de forma que cada polla ministerial estuvo ahora calentada por un culo diferente: Ingrid se acopló con Trabajo, Karen con Interior y Sandy con Sanidad. Todo el mundo pareció conforme con el cambio y ninguno de los presentes elevó ninguna protesta cuando las chicas, tras colocarles el babero de rigor, empezaron a darles cucharada tras cucharada la sopita que componía el primer plato del menú.
Para el segundo plato, solomillo de ternera, ellas se encargaron de ir partiendo con mucho mimo la pieza en trocitos y de ir introduciendo estos, al ritmo adecuado, en la boca de sus enmudecidos comensales.
Interior intentó tomar por su cuenta la copa de vino, pero rápidamente Karen le tomó la delantera, le limpió con sumo cuidado los labios con su correspondiente baberote y le dio a beber un pequeño sorbo.
Poco a poco se fue estableciendo un código de signos muy simple que permitió un perfecto entendimiento entre alimentados y alimentadoras. Abrir ligeramente la boca pasó a significar que el último bocado ya había sido ingerido y se reclamaba el siguiente; chascar la lengua quería indicar que se deseaba un sorbo de vino; levantar la diestra equivalía a pedir un bocado de pan. Alguno llegó a morderse el labio inferior, pero este signo no formaba por el momento parte del lenguaje estipulado.
—¿Seguro que no son putas? —volvió a preguntarse Interior en voz alta tan pronto estuvieron de nuevo a solas en su gabinete de trabajo.
—A mí no me lo parecen —opinó Trabajo, tratando con el mayor disimulo de acomodar su verga de la forma más conveniente para que no se estrellara contra las costuras del pantalón—. La verdad es que su comportamiento no ha podido ser más correcto.
—Pues, no sé porqué —objetó Sanidad, embarcado en similar tarea—, a mí me da que aquí hay gato encerrado. Yo no digo que sean putas, pero desde luego santas no son. Eso de aparecer con las tetas al aire, sentársenos encima para hacernos coger un berrinche y darnos de comer como si fuéramos unos críos... No sé, pero a mí me tiene un poco intrigado.
—Es lo que yo he dicho —recalcó Trabajo—. No estamos al tanto de las nuevas tendencias. Nos pasamos el día encerrados en los despachos y no sabemos nada de lo que se cuece a nuestro alrededor. Vivimos de informes y estadísticas, pero no conocemos la viva realidad.
Sanidad siguió meneando negativamente la cabeza para mostrar su desacuerdo.
—¿Alguien sabe si también va incluido el servicio de cama entre los cometidos de estas señoritas? —preguntó Interior como si la cosa no fuera con él.
—Tal vez el jefe de seguridad... —intentó insinuar Sanidad.
—¡Y dale con el jefe de seguridad! —le interrumpió Trabajo—. ¡Qué coño tendrá que ver la seguridad con el servicio de camareras!
—Es que, seamos sinceros —siguió Sanidad debatiéndose con sus dudas—, este servicio de camareras es un poco... atrevidillo.
—Debe de ser lo que se lleva —insistió Trabajo en su teoría del aislamiento ministerial—. No estamos a la última.
—Yo creo que no estaría de más averiguar lo del servicio de cama —reiteró Interior.
El asunto del proyecto de ley quedó definitivamente zanjado y todo el interés se centró en los tres monumentos vivientes que habían venido a alterar la calma.
—Me da la impresión —barruntó Trabajo— que el tema de las camareras nos está influenciando un poco.
—Por lo menos a mí, sí —reconoció Interior, que no encontraba forma de dar acomodo a su dolorida verga.
—Me parece —sugirió Trabajo, que tampoco encontraba la calma —que no nos vendría mal una ducha de agua bien fría.
—Creo que es lo mejor —convino Interior.
Ninguno se esperaba que, nada más abrir la puerta, allí estuvieran, firmes como centinelas en la sala contigua, las tres mosqueteras, con su habitual traje de faena y dispuestas a que sus excelencias no tuvieran que mover un solo dedo para satisfacer sus necesidades, encargándose ellas de mover todos los que fueran preciso. Y como cada cuarto de baño estaba en su correspondiente dormitorio, cada oveja desfiló con su pareja a limpiarse su propia lana.
Cuando volvieron a reencontrarse en el «salón de sesiones» sus caras eran todo un poema. Los tres estaban deseosos de contar su propia aventura, pero ninguno se atrevía a dar el primer paso. El más elocuente fue Interior.
—Parece evidente que el servicio de cama también entra.
—No sé, no sé —vaciló Trabajo—. Para mí que lo único que están haciendo es poniéndonos los dientes largos.
—¿La tuya no te ha dado un masaje? —preguntó Interior.
—Supongo que la mía ha hecho lo que las demás. Me ha dado un señor masaje y después me ha bañado como si fuera un bebé. Sólo le ha faltado que me echara polvos de talco en el culito y me pusiera pañales.
—¡Que vergüenza he pasado! —explotó al fin Sanidad—. Yo todo el rato con el rabo tieso y ella enjabonándolo y restregándolo como si tal cosa. Lo que tú dices: como si estuviera bañando a un bebé... ¿No estará la oposición detrás de todo esto? ¿Por qué no le preguntamos al jefe de seguridad?
—¡Hay que joderse la perra que has cogido con el dichoso jefe de seguridad! —le recriminó por tercera vez Trabajo.
—Por preguntar nada se pierde —salió en su defensa Interior.
—Está bien —se rindió Trabajo—. Haced lo que queráis.
Sanidad voló más que corrió a pulsar el timbre habilitado para llamar al jefe de seguridad, que en un par de minutos compareció obsequiando a cada uno de los ministros con una leve reverencia.
—¿Nos podría decir de dónde han salido estas tres señoritas encargadas del servicio? —preguntó Sanidad.
—Las ha enviado una agencia con el visto bueno de la presidencia de gobierno, señor.
—¿Qué clase de agencia? —quiso saber Trabajo.
—No lo sé, señor.
—¿Son putas o no son putas? —Interior quería aclarar su particular enigma.
—Tampoco lo sé, señor.
El jefe de seguridad, salvo lo del visto bueno de la presidencia, conocía del tema tanto como sus excelencias; o sea, nada.
—Está bien, puede retirarse —acabó por decir Sanidad un tanto defraudado.
El debate prosiguió ininterrumpidamente y nadie se privó de exponer los cada vez más disparatados juicios en torno a aquellas tres misteriosas criaturitas aparecidas de la noche a la mañana en un lugar tan apartado de la civilización y en una reunión que se suponía alto secreto de Estado. Desde simples pelanduscas hasta sofisticadas espías, sobre ellas recayeron todo tipo de sospechas.
—Será mejor que nos andemos con cuidado —previno Sanidad.
La puerta se abrió, esta vez sin golpecitos previos, y la blonda Ingrid, más despampanante que nunca con una microfalda amarilla y una sonrisa que dejó a todos helados, entró de nuevo en escena.
—La cena está servida —anunció.
Las egregias posaderas se alzaron a una de sus asientos y, como dóciles corderitos, enfilaron hacia el comedor con la vista clavada en las no tan egregias pero sí bastante más sugerentes posaderas de la rubia.
Se produjo una nueva rotación (parecía cosa estudiada) y ahora fue Interior quien albergó en su regazo a Ingrid, mientras Sanidad se acoplaba con Karen y Trabajo con la pelirroja Sandy. Aunque ellas siguieron conduciéndose con una corrección y compostura que sólo su escasez de ropa ponía en entredicho, ellos empezaron a dar muestras de una mayor relajación. Interior, que ya desde un principio había sentido una especial predilección por Ingrid, al tenerla tan cerca no pudo reprimir sus instintos y menos aún sus manos, que empezaron a realizar movimientos que nada tenían que ver con el gesto acordado para pedir pan y que más parecían pedir guerra. Como quiera que Ingrid no mostraba ninguna emoción especial ante el aún tímido ataque y seguía aplicada a su labor como si tal cosa, Interior no sabía muy bien a qué carta quedarse.
Trabajo también intentaba hacer sus primeros pinitos, pero la respuesta de Sandy no era más prometedora. Sanidad se esforzaba en mantener la circunspección adecuada, aunque no resultaba fácil. Al calorcito de aquel trasero tan bien puesto, su atributo viril no podía permanecer impasible; pero tampoco Karen parecía darse por enterada de la cada vez mayor dureza de su asiento.
Pese a todo, el que más y el que menos albergaba en su fuero interno la esperanza de dormir bien acompañado aquella noche y el desencanto fue evidente cuando, finiquitada la cena, Ingrid pidió permiso para retirarse a descansar y se llevó consigo a las otras dos amazonas, dejándolos a todos con tres palmos de narices.
—Por lo que se ve —dijo Sanidad, mirando con ironía a Interior—, el servicio de cama no está incluido.
—Tampoco nosotros se lo hemos pedido —opinó Trabajo.
—Si se tratara de unas vulgares rameras —razonó Interior—, ellas mismas se nos habrían ofrecido sin necesidad de pedírselo.
—Sigo pensando que esto es obra de la oposición —persistió Sanidad en su teoría.
—Aunque mirándolo de otra forma —seguía descabezándose Interior—, pudiera ser que se trate de putas de alto standing y en tal caso...
—Déjalo estar —le interrumpió Sanidad—. Aún es temprano para irse a la cama. ¿Intentamos darle otro repaso a la ley?
Interior soltó un premonitorio bostezo que pronto fue secundado con otro por parte de Trabajo, lo que acabó contagiando y dando al traste con las buenas intenciones de Sanidad.
OTRA NOTA: Aquí, en este momento tal vez, hubiera sido adecuado cerrar una primera parte del relato; pero, escarmentado por una anterior experiencia, prefiero limitarme a recomendar un descanso al sufrido lector antes de seguir adelante con lo más suculento de la historia, que continúo narrando sin pausa.
El último día no se inició con tan buenos auspicios. Sus excelencias habían dormido mal y con pesadillas, no por las lógicas preocupaciones de la alta misión que tenían encomendada y que debían rematar en esta crucial jornada que ahora comenzaba, sino por causas bien distintas de orden más fisiológico.
Emocionalmente desestabilizados por la inesperada presencia y actitud de las tres azafatas, camareras o lo que quiera que fuesen, el que más y el que menos no podía pensar en otra cosa ni era capaz de disimular la frustración que sentía por haber pasado la noche solo cuando hubiera podido pasarla tan bien acompañado.
Ocupadas sus mentes en cuestiones tan distintas, rematar el trabajo encomendado se les ponía tan cuesta arriba como sus desconsolados penes.
—Tengo una idea —señaló Interior—. A ver qué os parece...
Y expuso su idea:
—Sean o no putas, lo cual aún está por ver, ¿qué tal si escuchamos sus opiniones? A fin de cuentas, estamos debatiendo un tema que afecta de manera muy especial a un buen número de mujeres sin contar con ellas para nada.
—¿Hablas en serio? —dudó Sanidad.
—Completamente en serio —certificó Interior—. Seamos honestos y reconozcamos que todos, en este momento, estamos pensando en lo mismo.
—¿A qué te refieres? —quiso saber Sanidad.
—Está bien claro, cojones —intervino Trabajo con contundencia—. Después del inútil calentón de ayer, que todavía nos dura, lo único que nos puede devolver la calma es un buen desahogo.
—Yo he intentado desahogarme por mi cuenta hasta tres veces —confesó Interior sin pudor—; pero está claro que no es lo mismo y que el cuerpo me pide algo más que un triste y solitario autoconsuelo.
—Lo que propones —le recriminó Sanidad— es indecente. Lo que menos te interesa de ellas son sus opiniones.
—Pero no cabe duda de que es una buena excusa, ¿no? —terció Trabajo.
Aquello desequilibraba la balanza y, siendo como eran componentes de un gobierno democrático, se imponía el dar ejemplo y respetar la mayoría. Ingrid, pues, fue llamada a consulta y la rubia, tan pronto supo para lo que era requerida, solicitó que también Karen y Sandy estuvieran presentes, alegando que ellas conocían mejor el idioma cuchipandés. La solicitud fue acogida y atendida con plena satisfacción y al instante.
Las chicas, como ya era costumbre, tomaron una vez más asiento sobre los regazos ministeriales, escogiendo cada cual la presa que el día anterior les resultara más débil a sus respectivos encantos: Ingrid a Interior, Karen a Trabajo y Sandy a Sanidad.
Y, puesto que Interior y Trabajo ya estaban completamente salidos y lo único que querían era meter mano a sus compañeras, Sanidad se erigió en portavoz del grupo y, con voz monótona, empezó a desgranar uno a uno los artículos de la inminente ley, intercalando una pausa tras la lectura de cada uno para que las consultadas dieran su parecer.
Ingrid no decía nada porque Interior se había convertido en un auténtico pulpo y la asediaba por todas partes, con lo que estaba más ocupada en su propio placer que en escuchar al orador. A Karen le ocurría tres cuartas partes de lo mismo, pues Trabajo tampoco perdía el tiempo. Y Sandy, que era la más desatendida y no se resignaba a su suerte, trataba más de desarticular a su adversario que de atender al articulado legal.
Sanidad, cada vez más alterado por las manipulaciones de que estaba siendo objeto y comprendiendo que su lectura no acaparaba la atención de nadie, fue haciéndola cada vez más rápida y con pausas progresivamente más abreviadas, deseoso de concluir cuanto antes la ingrata misión que sus colegas le habían endosado.
Mas, cuando ya parecía que el trámite había sido salvado y la aún inédita ley aprobada sin trabas, Ingrid, haciendo un alto en su letanía de suspiros, se llevó una mano a la cintura de la minifaldilla y de debajo de la misma se sacó un pequeño cuaderno que alargó a Sanidad.
—Vuestro proyecto está muy bien —dijo—; pero pensamos que el nuestro es aún mejor.
Sanidad miró estupefacto a sus dos colegas, pero tanto Trabajo como Interior estaban demasiado entregados a sus labores de inspección y palpamiento de lo que tenían delante. Hubo de pegar un fuerte manotazo sobre la mesa para que se le prestara la atención debida.
Y empezó a leer el texto alternativo, cuyos dos primeros artículos eran idénticos.
—Compréndelo, cariñín —musitó Sandy jugueteando con su nariz—. Dejabais vuestros papeles encima de la mesa y, al hacer la limpieza, no pudimos resistirnos a la tentación y los leímos.
Las mayores discrepancias aparecieron a partir del artículo sexto, que en la nueva propuesta propugnaba que «la libertad sexual es un bien inherente al propio individuo y forma parte indivisible de su personalidad, por lo que, siempre que sea de forma voluntaria, podrá ejercitarla sin impedimento alguno».
Sanidad no estaba muy de acuerdo; pero cuando Sandy se coló por entre sus piernas, le abrió la bragueta, sacó a relucir lo que en ella se escondía y empezó a propiciarle el más dulce de los masajes, automáticamente se quedó sin argumentos y opinó que la modificación resultaba válida. Y siguió leyendo con voz cada vez más entrecortada.
El siguiente artículo conflictivo fue el décimo: «Ningún mayor de edad podrá ser sancionado, ni mucho menos perseguido, por ejercer en lugar privado su legítimo derecho a mantener relaciones con persona de igual o distinto sexo, también mayor de edad y con mutuo consentimiento».
Aquí fue Trabajo el que intentó replicar, pero rápidamente Karen le hizo desistir aplicando el mismo procedimiento que Sandy. Y, para no ser menos, sin tan siquiera saber de que iba, al siguiente artículo Interior hizo ademán de responder con el único objeto de que Ingrid pasara a tocar también su trompetilla.
Sanidad siguió leyendo, con voz entrecortada y tanto más ininteligible cuanto más próximo estaba del orgasmo, y ya nadie opuso el menor reparo, ni siquiera al artículo vigésimo, que equiparaba los lupanares, casas de coima, clubes de alterne y demás centros de recreo con embajadas, consulados y lugares religiosos, convirtiéndolos en intocables y exigiendo un montón de requisitos legales, mucho más allá de un simple mandamiento judicial, para poder ser inspeccionados.
Para entonces ya habían volado chaquetas, corbatas, camisas y pantalones y los tres ministros se habían convertido en los más modestos ciudadanos, completamente a merced de las tres camareras, que prosiguieron su concienzudo trabajo, ora lamiendo, ora succionando las excelentísimas pollas.
El primero en sucumbir fue Interior y, alcanzado ya tal clima de confianza, no dudó en formular a Ingrid su pregunta favorita:
—Sois putas, ¿verdad?
Ingrid, que aún se regodeaba con su particular piruleta, dándole los últimos lametones para dejarla como una patena, elevó su ladina mirada hacia el congestionado rostro del ministro.
—Somos trabajadoras del sexo —contestó, dando a continuación un tremendo chupetón al asunto que se traía entre manos que hizo soltar a Interior el «coño» más redondo jamás pronunciado.
El segundo en derrumbarse fue Sanidad, cuyo curvo y cabezón miembro recordaba al de ciertos cuadrúpedos. Y lo del derrumbe no es pura metáfora, pues la impresión fue tan fuerte que todo su cuerpo se tensó y arqueó como lo estaba su polla y acabó dando con el culo en el enmoquetado suelo del «salón de sesiones».
Trabajo es el que más trabajo dio a su opositora Karen, pero de nada le sirvió intentar hacerse el fuerte pues, en cuanto la morena puso en acción todos sus recursos, se vino abajo como un pelele.
Unos antes y otros después, los seis cuerpos terminaron rodando por el suelo; y solo bastó que Interior insinuase que tal vez el artículo vigésimo resultaba algo fuerte para que las tres mesalinas volvieran a cargar contra sus respectivos claudios ahogando de inmediato todo intento de protesta.
Volaron finalmente calzoncillos, falditas y tapacoños (ni siquiera merecían la consideración de tangas) y se desató una batalla sin tregua que culminó con una estrecha comunión de sexos, aderezada con todo tipo de susurros y gemidos, nada fingidos los de ellos y dudosamente reales los de ellas. Mal que bien, los tres magnates de la política respondieron con dignidad al nuevo asalto; pero, una vez superada la difícil prueba, ninguno tuvo cojones de poner más trabas al controvertido texto alternativo y nadie dijo ni pío cuando Ingrid, toda lascivia en sus gestos, empezó a romper el original haciéndolo pedacitos cada vez más pequeños hasta no dejar intacta ni una letra de su contenido.
Sandy había parecido cogerle gusto a la peculiar herramienta de Sanidad y no dejaba de manosearla a pesar de que la misma, tras el segundo embate, se había sumergido en el más profundo de los sueños. Sanidad daba gracias porque su flageladora se contentara con aquel pasatiempo.
La hora del almuerzo fue acogida por los tres machos como una liberación. Pero estaba claro que la guerra no había concluido y que sólo se trataba de una tregua, pues fueron conducidos al comedor en porreta, sin permitírseles recuperar ni tan siquiera los calzoncillos.
—¡Esto es una locura! —exclamó Sanidad, aprovechando que las tres rejuvenecidas parcas se ausentaron para preparar los alimentos—. ¿Cómo vamos a presentar semejante proyecto de ley? Seremos cesados fulminantemente.
—¿Nos queda otro remedio? —manifestó Trabajo, afanándose en eliminar un pelo negro que, a saber de qué parte de Karen, se le había enredado entre los dientes.
—Tenemos poco tiempo —terció Interior—; pero podríamos intentar una negociación.
—¡Ni se te ocurra! —clamó Trabajo asustado con la sola idea—. ¿No has visto cuál es su táctica? La más leve muestra de desacuerdo y nuevo polvo que te crió. No sé vosotros, pero yo no estoy para tanto trote seguido.
—No creo que, mientras dure la comida —se aventuró Sanidad—, se atrevan a hacernos nada.
Y tenía razón. Ni Ingrid, emparejada ahora con él; ni Karen, que tomó por su cuenta a Interior; ni Sandy, que arrellanó su desnudo trasero sobre la más anestesiada que dormida verga de Trabajo, intentaron nada que se desviara de la mera acción de alimentar a sus respectivos comensales; pero, eso sí, en cuanto alguno pretendía decir algo, de inmediato le callaban llenándole de nuevo la boca (de comida, por supuesto).
—¿Habéis visto? —dijo Trabajo tan pronto como, concluidos los postres, las tres jovenzuelas volvieron a dejarlos solos—. No ha habido forma de atacarlas. Algunos bocados me los he tenido que tragar sin masticar siquiera.
—Yo también —confesó Sanidad— he intentado hablar una vez con la boca llena, una vez comprobado que con ella vacía no había forma. Y me ha pasado igual que a ti. Por poco me atraganto.
—Tal vez si las atáramos a las patas de la mesa... —sugirió Interior.
—¡Quita, quita! —rechazó de plano la idea Sanidad—. Con lo sensibilizada que tenemos ahora a la sociedad con el tema de las mujeres maltratadas...
—Yo creo que eso no es maltrato —perseveró Interior—, sino legítima defensa. Además, nadie tiene porqué enterarse.
—Yo, por si acaso, me abstengo —opinó Trabajo.
—Supongo que ahora nos dejarán descansar un poco —reflexionó Sanidad—. Tal vez sea el mejor momento para analizar más detenidamente lo que ellas proponen y ver lo que resulta de todo punto inadmisible.
—Hombre —replicó de inmediato Interior—. El vigésimo artículo no deja de parecerme una auténtica burrada.
—Y el sexto —añadió Trabajo—, y el décimo y el duodécimo...
Procurando no hacer ruido, los tres ínclitos personajes retornaron a su lugar de trabajo, totalmente perdido el sentido del pudor y del ridículo (¿hay algo más ridículo que un hombre completamente desnudo, con unos calcetines negros hasta media pierna y una servilleta anudada al cuello con un enorme lazo en el cogote rematado en dos puntas como orejas de conejo?).
Animados de los mejores propósitos se aplicaron a la tarea; pero al poco tuvieron que claudicar porque las tres conejitas, mucho más lozanas y distinguidas en su desnudez, de inmediato irrumpieron en la sala, volvieron a componer sus correspondientes dúos (Ingrid-Sanidad, Karen-Interior y Sandy-Trabajo), desarbolando por completo las defensas de sus contrincantes con el torrente de mimos y caricias que derramaron sobre ellos. Las devaluadas vergas empezaron a cotizar más y más al alza hasta alcanzar un techo que parecía inalcanzable.
—¿No será malo para la digestión follar tan pronto? —consultó Sanidad, cuya polla amenazaba con terminar convirtiéndose en un aro.
Por toda respuesta, Ingrid, tras pelear lo suyo, consiguió que la punta del tan retorcido miembro se colara por su natural conducto y, como en un parto pero a la inversa, una vez metida la cabeza, el resto del cuerpo se fue acomodando por su cuenta, dejando sin habla al propietario.
Aunque seguía prefiriendo a la rubia, Interior no se sintió en absoluto defraudado por la morena Karen, que parecía echarle mucho más sentimiento a la cosa, o al menos tal impresión daba viendo su expresión mientras tragaba y vomitaba el nada despreciable salchichón que acogía en su acolchada covacha.
Sandy se las veía y deseaba con el recalcitrante Trabajo, pero muros más gruesos había traspasado y bien sabía que acabaría sucumbiendo, como todos, a su insistente galope.
Todos y todas le fueron cogiendo gustillo a la cosa (los primeros orgasmos femeniles también fueron cayendo) e Interior, a quien el vigésimo artículo le importaba ya un comino y estaba disfrutando como un chino, apostó decidido por incorporar nuevas travesuras y sondear otros conductos. Karen se disculpó diciendo que por ahí no tragaba, pero Sandy se ofreció gustosa al experimento, dejando a medio hacer su trabajo con Trabajo y colocándose en posición para que Interior diese rienda suelta a su idea.
Karen, resignada, se dispuso a reanudar la tarea suspendida por Sandy, momento de vacilación que aprovechó Ingrid para desengancharse de aquel garfio en que se había convertido la picha de Sanidad y ofrecer también su más diminuto orificio al desconsolado Trabajo, quien de buena gana aceptó el reto.
Karen, mucho más resignada aún, dándole mil vueltas al enroscado asunto que Sanidad le ofrecía (ahora se explicaba el porqué la sanidad pública andaba como andaba), probando del derecho y del revés sin encontrar la forma de que, por las buenas, aquel inflamado glande se acercase ni por asomo al introito de su coño, acabó apelando a la fuerza bruta para domeñar a la bestia sin importarle lo más mínimo la cantidad ni el grosor de los lagrimones que salían por los ojos del ministro ni de los improperios que salían de su boca. Cuando consiguió su objetivo, la recompensa fue casi instantánea, pues aquella elaborada herramienta espoleaba unidamente su zona clitoriana y la vaginal más sensible; y ella, que necesitaba poco para estimularse, entró sin más en un estado de completo éxtasis que le duró hasta que el enrevesado rabo también escupió su parte de gloria y detuvo su desquiciante picoteo.
Trabajo e Interior, que ya habían conseguido engrasar suficientemente los reticentes agujeritos, remataban la faena a toda marcha, animados por los continuos gritos de aliento que proferían sus corceles. Trabajo sujetaba a su presa por ambos hombros mientras Interior asía a la suya por las caderas, sin olvidarse de hacer alguna que otra incursión por sus sólidas masas pectorales.
Acabaron como tenían que acabar: derrengados por el esfuerzo físico y el debilitamiento que suele sobrevenir a una descarga tan trabajada. Ingrid y Sandy, aunque no satisfechas, quedaron igualmente molidas por el intenso trajín a que acababan de ser sometidas.
Para desgracia suya, creyendo que era el momento oportuno, Interior tuvo la ocurrencia de invocar el artículo vigésimo y, no una, sino las tres a una, se abalanzaron sobre él y no le dejaron hasta extraerle las escasas reservas de jugo, apenas unas gotas, que aún almacenaba.
Nadie osó de momento proponer la menor enmienda; y si alguno llegó a pensar que tal vez durante la noche pudieran maquillar la libertina ley, se quedó con las ganas. Apenas tuvieron un ligero respiro con ocasión de la cena, pero nada más. La rubia Ingrid, la morena Karen y la pelirroja Sandy no les dieron abasto y volvieron a exprimirles lo inexprimible con una salacidad que parecía no conocer límites.
Al despertar a la mañana siguiente, a todos les venían los pantalones anchos de cintura. A ojo de buen cubero, Interior calculó que debía haber perdido diez kilos al menos.
—Yo no vuelvo a follar —afirmó solemnemente— al menos en los próximos tres o cuatro meses.
Y para que la fiesta fuera completa, antes de abandonar el chalé Ingrid les obsequió a cada uno de los tres con sendas cintas de vídeo.
—Es sólo un pequeño regalo —dijo—. Hemos grabado todo lo ocurrido y nos pareció interesante facilitaros una copia para que la conservéis como recuerdo. El original ya está bien guardado para que no se pierda. Karen y Sandy se han tenido que marchar y me han pedido que me despida de vosotros en su nombre.
Los besó uno por uno y con un risueño "bye, bye" se marchó ella también.
No era broma. Visualizaron una de las cintas y pudieron comprobar que Ingrid no les mintió. No había tutía. El impuesto proyecto de ley tendría que seguir adelante tal y como ellas habían propuesto. O eso, o dimitir. Y en Cuchipanda jamás nadie había dimitido de nada.
La ley fue aprobada por trámite de urgencia (para eso el gobierno contaba con la mayoría absoluta en el parlamento) y promulgada tres días después. Las putas volvieron a sus rediles convertidas en ciudadanas de lujo, las voces de protesta se acallaron y el orden público quedó por fin restablecido.
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