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Cuentos de Luna: Historia de Raisa

Luna no deja de asombrarme. Ni soy el primer hombre de su vida ni el único de ahora. Estoy seguro que me comparte con no sé quiénes ni cuántos, pero los celos, que me envenenan si ella no está, desaparecen en su compañía. Basta con que se saque la camisa de tirantes por la cabeza y quede con el tórax al descubierto para que olvide los achares y mi verga se enderece. El tórax de Luna es su mejor defecto: pechos apenas apuntados, areolas oscuras, pezoncillos niños...Los ambiguos pechos de Luna me llevan a mal traer. Hasta ahora preferí los senos generosos, redondos y rotundos, tetas de Playboy y "Vigilantes de la playa". Luna, con su tórax preadolescente –por más que ya haya cumplido los dieciocho- alimenta en mí un morbo cuya existencia ignoraba. Acaricio su piel –volcán dormido- y ella, tan activa otras veces, me deja hacer, se ofrece a las yemas de mis dedos que cruzan y entrecruzan caminos en su espalda, se empereza al contacto de mis manos que le amasan el cuerpo.

Nos agrada, en contadas ocasiones antes de hacer el amor y en las más después, jugar a, siendo nosotros, ser también otros. Ideamos entonces historias reales o inventadas, fabulosas o mínimas. Luna es la Scherezade de unas mil y una noches que no llegan a tantas. Una tarde, en que el reflejo de sangre de las nubes enrojecía ventanas y recuerdos, Luna me contó la historia de Raisa. Tanto me interesó, que pregunté a quien sabía si era posible una historia como aquella en nuestro tiempo, y sí que lo es. Esto me contó Luna en aquella tarde mágica de almohada compartida:


Lucas había arribado al aeropuerto de Dakar una semana atrás. La dirección de su empresa deseaba hacerse un hueco en el mercado africano y había elegido Senegal como base de operaciones. Lucas se presentó voluntario para organizar la nueva sucursal. Llevaba cosida al alma la aventura y le pesaba el matrimonio. Le resultaba apetecible permanecer un año, quizá más, lejos de su mujer y en aquellas tierras de las que nada sabía. Nada más llegar a destino entró en contacto con otro español ya veterano en Senegal, Marcos, que le consiguió, a buen precio, el alquiler un bungalow sito en una urbanización de Saly, a setenta kilómetros de Dakar, y le buscó una "bonne" que atendiera a las faenas de la casa.

Los nuevos amigos decidieron celebrar la inauguración del bungalow con una buena comida.

"En el lago Somone hay marisco bueno y barato" –sugirió Marcos.

"Pues vamos para allá. Tú conduces."

Y, en el lago Somone, Lucas conoció a Raisa.

Era una más de las mujeres acuclilladas que charlaban en corro a orillas de un lago que no era tal, sino brazo de mar ensanchado en redondo a resguardo de viento y de olas. La ribera era barrosa y aquí y allá vagabundeaban cabras sueltas que olisqueaban papeles sucios, plásticos destrozados, miseria.

Las mujeres se incorporaron al ver llegar el todo terreno –un Galloper- y se arracimaron en torno al vehículo. La mayoría eran jóvenes, altas y delgadas. Lucas y Marcos descendieron del automóvil y ellas les rodearon parloteando y moviendo los brazos arriba y abajo. Al hacerlo, se les veían los pechos por las aberturas laterales de sus batas.

Era el primer contacto real de Lucas con la África profunda, la de los asnos acebrados salvajes, la del barro y del polvo rojo y omnipresente, la del asedio a los blancos –hombre blanco igual a hombre rico-, la de los cabellos ralos y crespos, la de siglos atrás con los solos cambios de que tamtam y bongó han sido sustituidos por televisión y teléfono móvil. Hacía calor, un calor pegajoso, todo el calor del mundo.

"¡Salaamalekum!"

Marcos empleó la fórmula ritual que se completó con la respuesta de las mujeres:

"¡Maalekum salaam!".

Tras preguntarse por la salud propia y de toda la familia, Marcos entró en materia. Hablaba un francés fluido:

"Queremos gambones y nécoras. También berberechos."

Raisa –Lucas ignoraba su nombre y también que aquella mujer le calentaría la cama unas horas después- se levantó la falda y entró en el agua. Procuraba no mojarse los bajos de la bata que asía con una mano. Entró hasta que el mar, dormido y calmo, le alcanzó casi el nacimiento de los muslos. En su afán de no mojarse la ropa, la alzó hasta la cintura, dejando al aire unas nalgas rabiosamente negras. No llevaba bragas. La mirada de Lucas quedó prendida de aquellos glúteos jóvenes.


Imaginé a Raisa. La vi espigada y niña. Talmente Luna de piel oscura, betún o chocolate. Luna negra entrando en un plácido mar. Las curvas deliciosas de su trasero relucían, charol bajo un sol de fuego. Echó el cuerpo hacia delante y extrajo del fondo del agua una nasa repleta de gambones. En tanto, otras mujeres hacían lo propio con las nasas de berberechos y nécoras –pero no eran Raisa y Lucas ni siquiera las miró o no eran Luna negra y ni siquiera las miré, que, llegado el momento, lo imaginado y lo real se hacen una misma cosa- y, a poco, gambones, nécoras y berberechos estaban en tierra firme y Marcos emprendió un animado regateo con la cabecilla de las mujeres del mal llamado lago Somone.

Lucas, mientras, ejercía de turista. Hacía fotos con la cámara digital y mostraba a las mujeres, en la pantalla diminuta, las imágenes recién capturadas. Fotografió a Raisa y ella le dedicó su sonrisa más deslumbrante.

"Si me haces un regalo –"un tout petit cadeau" dijo ella en su francés cantarín- yo te haré otro."

"Un regalo"- se extrañó Lucas. Siglos de colonialismo le incitaban a desconfiar de las palabras de la senegalesa.

"Sí. El regalo soy yo."

Raisa era el regalo. Raisa, ojos grandes, nariz fina, labios prominentes y ofrecidos. Raisa, pechos niños -"como yo" sonríe Luna divertida-, esbelta, talle junco, elasticidad, ébano nervioso, grupa alta y largas piernas –como tú, Luna, como tú- era el regalo. Ni siquiera la bata, de un rojo descolorido, la camisa manchada aquí y allá y la peluca barata –todas las senegalesas llevan peluca, su cabello es apenas lanilla escasa y crespa- enturbiaban su fresca hermosura.

"Llévatela al bungalow, no seas tonto"- animó Marcos a su amigo.

Lucas se dejó ir. Raisa –"me llamo Raisa"- subió al Galloper y los tres se fueron, seguidos un buen trecho por las risas del resto de mujeres del lago Somone.

Dicen que una imagen- prosiguió Luna su relato- vale por mil palabras, pero hay todavía algo mejor que las imágenes. Podría contarte como fue la primera noche de Raisa en el bungalow. No voy a hacerlo. Prefiero, Ernesto, que te conviertas en Lucas, que seas él y veas que mi piel se ha ennegrecido y soy Raisa. Callo ahora, ya que hay mejores ocupaciones para mi lengua.


***************************


Una cama con mosquitera. Los blancos sois así, miedosos, flojos. Os aterran incluso los mosquitos. Tenéis dinero, eso sí. Tu dinero es tu atractivo, Lucas. Contigo no busco una aventura sino comodidad, buena comida y trajes caros. Es lo que pienso, pero jamás lo confesaré. Te repetiré un millón de veces que eres el mejor, que me vuelves loca, que me muero por ti. Mira. El vientre de Raisa te sonríe. Acóplate al ritmo de estas caderas negras y sabias. Me tienes en los brazos y besas a la noche. Me acaricias los pechos y jadeo. Relájate. Los blancos estáis siempre crispados: la educación, supongo. Suéltate, busca el instinto que llevas dentro. Es auténtico y desmadrado; quizá puedas todavía despertarlo.

¿Te gustan mis pechos? Son tuyos. Puedes hacer con ellos lo que gustes. No los tengo grandes, aunque eso importe poco. Se acoplan a tus manos. Tus dedos me erizan los pezones. Muérdemelos. Con hambre, con furia y desespero. No los chupes, muerde. Pero ¿qué digo? Te falta garra. Te falta fuerza. Se te olvidó el salvaje que tus antepasados llevaron dentro.

Deja que te monte –no eres misionero-. Deja que me abra a ti y te cabalgue. Mis entrañas oscuras engullen tu pálida verga. Quiero hacerte feliz, te he dicho que soy tu regalo. Lo soy, lo soy, lo soy. Te sacaré los jugos. Tu masculinidad me ha saludado "Salaamalekum". "Maalekum salaam" le ha contestado mi sexo hendido. Ahora una y otro están hablando de sus cosas.


******************************


"Así debió ser la primera tarde de Raisa y Lucas."

Luna interrumpió la vívida recreación del encuentro amoroso, y juro que yo estaba tan metido en mi papel que llegué incluso a ver oscura su piel y a sentir que su pelvis me estrujaba la verga con un hambre de siglos, con hechuras de hembra mitad araña, mitad pantera. Percibía el acre olor de una esclavitud mal olvidada y me sorbía el reclamo primario del sexo. Sentía que la llamada exigente de la mujer escarbaba en mi interior y pulsaba en las fuentes palpitantes de mi esperma hasta abrir los caños por donde fluye. Solo había una, aunque fundamental, diferencia entre Lucas y yo. Yo follaba a pelo, Lucas utilizaba preservativo, que África es peligrosa y lleva el sida cargado al lomo.

Lucas tuvo un orgasmo como jamás imaginó que pudieran existir. El orgasmo es una pequeña muerte, aunque aquella no fue muerte pequeña sino cataclismo, terremoto, choque de planetas. Lo dejó sin habla y sin conciencia exacta de si el mundo era redondo o plano, le volvió del revés el forro del alma y de los testículos, le cosió a África para toda la eternidad.

"Quédate conmigo esta noche"-suplicó.

"No puedo. Mis padres me esperan."

La mujer se levantó de la cama y se vistió en un abrir y cerrar de ojos. No llevar ropa interior economiza tiempo.

Lucas recordó las advertencias e instrucciones que le había dado Marcos, buscó su pantalón y sacó del bolsillo dos billetes de diez mil francos CFA–al cambio, treinta euros más o menos-.

"Toma. Cómprate lo que quieras"- le alargó los billetes.

"No –sonrió Raisa- Te dije que yo era tu regalo. Dame solo mil francos para el taxi."

"Pero ¿nos volveremos a ver?"-preguntó Lucas.

"Sabes dónde encontrarme."

Se cuenta en las Mil y una noches que, cuando amanecía, Scherezade interrumpía las historias y que el sultán Schariar aguardaba impaciente el advenimiento del siguiente ocaso para conocer su final. Así me ocurrió a mí. Luna consultó la hora, decidió que era tarde, y me dejó con las moscas de la curiosidad zumbando en los oídos. Se largó, aunque no tuve que pagarle el taxi. Conducía su coche.

Me quedé solo en casa –mi mujer y yo llevábamos separados unas semanas, pero esa es otra historia- y aquella madrugada comprendí a Lucas, me sentí Lucas, fui Lucas. Viví su soledad en la noche africana, las sábanas oliendo todavía a sexo y a sudor. Me asaltó su desazón, su temor a perder la mujer recién gozada. Conté con él los minutos y las horas de insomnio, y solo cuando el día fue día supe que Lucas hacía senda entre el bungalow y el lago Somone. Luna me lo confirmó a la tarde, cuando reanudó la historia, y me contó que Raisa fue decenas de veces Cenicienta negra que no podía bailar a medianoche con el príncipe blanco –en África el blanco es mejor color que el azul para los príncipes-.

El todo terreno hizo tantas veces el trayecto entre lago y bungalow, que Lucas se acostumbró a las cabras que ramoneaban en la cuneta, y no le sorprendía ver en medio del barro tresillos y sillones como reclamo del carpintero que trabajaba en un chamizo próximo, o sillas de barbero ocupadas por negros con mejillas embadurnadas con espuma de afeitar. Llegó el momento en que los vendedores de bananas y mangos le saludaban con la mano y los asnos salvajes rebuznaban, al verle, con cierto deje de simpatía y reconocimiento.

La sucursal que había de montar en Senegal iba como iba. Lucas intentaba estructurarla pero no tenía la cabeza en la faena. Raisa le había sorbido el seso. Intentó entretenerse con otras mujeres. Fue en vano. Quiso refugiarse en el recuerdo de su esposa legítima que aguardaba a solo cuatro horas de vuelo, pero aquellas cuatro horas se le antojaban doscientos siglos. África le corría por las venas y España le parecía tan descolorida como su propia piel. Se estaba senegalizando

Cada tarde con Raisa era más apasionada y febril que la anterior y ello convertía sus noches en tormento. Insistió en la propuesta de que Raisa fuera a vivir con él., y ella le dijo que esa decisión dependía de su madre.

Lucas dio el paso a raíz de una tarde particularmente fogosa en que los besos estallaban como granadas en sus bocas, y manos y pieles chocaban entre sí igual que si fueran imán y hierro dulce. Imagina, Ernesto, que soy Raisa y tú eres Lucas. Imagina el calor, la tierra roja, la textura atormentada de los baobabs en la piel de tambor de la sabana por la que, cada Enero, discurre la aventura del París-Dakar. Imagina el lecho amplio y el ventilador de grandes aspas cuyo giro constante remueve mansamente el aire. Imagina mi carne, dura como un raíl de tren, imposible de pellizcar por lo prieta. Imagina –o mejor, hazlo- que dibujas mi contorno con las yemas de los dedos. Resbalas por el canalillo de la espalda, te demoras en el doble remolino de mi riñonada, palpas las curvas audaces de mi trasero, lo lames –te gusta hacerlo porque, por más que intente eliminarlo, mi piel guarda un lejano sabor a mar caliente-. Imagina que exploras mis muslos buscando la entrepierna, en tanto te masturbo –verga blanca, mano negra-, y que, en un momento dado, las chispas del instinto se hacen hoguera. Me ensartas, y grito; prorrumpo en bramidos de hembra poseída y exigente, más, más, más. Me lleva el huracán de tus embates. Te he enseñado a follar, Lucas. Follar es primario, se ha de morder y pelear en batalla a muerte, es pulso de carne y de fiebre, porfía de hambres mutuas. Ya lo aprendiste, Lucas, solo yo puedo darte lo que ahora necesitas. ¿Que no soy tu regalo?

Lucas –siguió Luna- visitó a los padres de Raisa tres meses después de conocerla. Acudió a verlos nervioso como un crío y les llevó flores y chocolate. La casa de Raisa era muy modesta. Tenía una sola planta y la puerta daba acceso a la pieza principal –el televisor, el sofá- en que se desarrolló la entrevista. El padre, Mamadou, veía la televisión acuclillado en el suelo y se retiró nada más llegar el hombre blanco que iba a llevarse a su hija tercera, dado que su dignidad le impedía intervenir en asuntos de mujeres.

"Salaaamalekum"- saludó Lucas a Agwa, la madre de Raisa, que, advertida de su visita, vestía el "bubú" de las grandes ceremonias.

"Maalekum salaam"- respondió ella.

Se interesaron mutuamente por su salud, por la de su familia y por el estado de sus negocios antes de tomar té. Desde donde estaban sentados Agwa y Lucas se oían las risas nerviosas de Raisa y sus hermanas que escuchaban la conversación desde una habitación contigua.

"Desearía que Raisa viviera en mi casa"- expuso Lucas.

Agwa, alta, cuarentona, seca de cuerpo, peluca pelirroja, guapa todavía, balanceó el cuerpo adelante y atrás, se cubrió el rostro con las manos y gimió.

"¡Ay, mi pobre hijita, que es consuelo para mi ancianidad! –se lamentó. Luego suspiró profundamente y le cambió la expresión de la cara. Asomó a sus ojos un brillo de astucia y siguió hablando en tono distinto- Y ¿qué ofreces a cambio de poder hacer "ñacañaca" con ella todo el tiempo?"

Lucas se había informado de los usos y costumbres del país. Una mujer joven cotizaba al alza en el mercado y más si el pretendiente era blanco. El regateo fue largo y difícil pero al fin se llegó a un acuerdo: Quinientos mil francos CFA –algo menos de ochocientos euros-, una cabra y dos gallinas. No era preciso que el pago fuera in mediato. Tiempo habría.

Raisa recogió sus cosas –cabían en un pañuelo-, se despidió de su madre y de sus hermanas y subió al todo terreno con la alegría bailándole en el pecho. Lo había conseguido. Jugó fuerte –"je suis ton petit cadeau" soy tu pequeño regalo- y ganó.

"Mañana has de comprarte ropa."

Sí. La compraría. Y un sujetador y un tanga rojos, y una peluca nueva, de las más caras.

Entró en el bungalow pisando fuerte y se dirigió a la cocina, no al dormitorio. La alegría se le iba mudando en triunfo, un triunfo redondo y total de mujer realizada. Un hombre blanco iba a pagar por ella quinientos mil francos CFA, una cabra y dos gallinas. Nunca, en Somone, dieron tanto por una chica.

"Te voy a hacer muy feliz, Lucas."

Su voz era tan dulce que varias plantaciones próximas de caña de azúcar amarillearon de envidia.

"Sí. Te haré muy feliz."

Y –prosiguió Luna su narración- Raisa se frotó con Lucas como ahora lo hago contigo, piel con piel, calor con calor; eran talmente dos felinos afilando sus garras con el fin de intercambiar arañazos de amor. Ven, poséeme. ¿Tú pagarías por mí, Ernesto? Te diré un secreto: Una mujer, por feminista que sea, sueña en algún momento de su vida que un hombre está dispuesto a pagar por ella una fortuna. Pero vuelvo a Raisa. Pese a que jamás vio "El cartero siempre llama dos veces", se tumbó de espaldas sobre el banco de la cocina, separó los muslos y agitó las caderas, pulsó las caderas, las latió en llamada. Lucas acudió al reclamo de la hembra. El sol se había zambullido en el mar. Despertaban las estrellas en la hora bruja del ocaso, cuando los dioses africanos bailan al son de bongós que nadie percute. Raisa seguía el ritmo de esa danza con la pelvis. Tenía hambre de Lucas, hambreaba su masculinidad, que una mujer no es mujer si no abraza una verga con sus músculos vaginales. Medio millón de francos CFA, una cabra y dos gallinas...Mañana también compraría unos pantalones pirata color verde manzana. Hoy te pones encima, Lucas, quiero sentir tu peso. Muérdeme, lastímame los pechos, párteme en dos, sé mi hombre.

Luna degolló el relato:

"Bueno, ya sabes como sigue. Fueron felices, comieron perdices y colorín colorado, este cuento se ha acabado."

"Pero mujer...No puedes dejar a la pareja haciendo "ñacañaca" en el banco de la cocina.-protesté.

"Y ¿por qué no? ¿Hay mejor ocupación que esa?"

A cuatro horas de avión de nosotros, Raisa pensaba -y confío que siga haciéndolo- eso mismo.


 
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