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escrito desde la universidad, rodeado de chicas guapas que me sirvieron de inspiración
Hace unos meses, decidí meter a Gemma, una chica nueva, en mi panadería: negocio familiar al que le había consagrado, al igual que mi padre (y el padre de mi padre) toda mi vida hasta ese momento. El negocio iba bien, incluso demasiado bien. Y era evidente que mi hija Lorena y yo (pues mi esposa, su madre, se dedicaba básicamente a la contabilidad y a cepillarse todo el dinero que entraba allí) ya no nos bastábamos para hacernos cargo del inmenso trabajo que se nos iba acumulando día tras día. En principio iba a ser solo para echarle una mano, a petición de mi hija, pues era íntima amiga suya...aunque no me acababa de gustar la idea (pues no solo me parecía una chica demasiado despierta para su edad sino que además su familia me caía bastante mal) decidí aceptar, tanto porque nos era imprescindible un par de manos más para el largo verano que se avecinaba como para contentar a Lorena y de paso joder al imbécil del padre; sastre facha y algo maricón que se pasaba el día dando por saco a la comunidad de vecinos y que había sacado a la chica de estudiar para sangrarla todo lo que pudiera.
En fin, al poco de empezar a trabajar en la panadería mi opinión de ella comenzó a mejorar muy positivamente: era terriblemente responsable, puntual, trabajadora (decía que prefería eslomarse con nosotros a quedarse en casa aguantando a sus padres) y decididamente aportaba una energía positiva que se dejaba sentir todo el tiempo que estaba allí. Los clientes y clientas, que decir, estaban enamorados de su desparpajo y soltura. No importaba el tiempo que llevará allí metida, jamás parecía alterarse o enfadarse, es más, incluso cuando estaba muy cansadita la pobre se aparecía como una flor delicada, de contornos desvaídos y mirada somnolienta por donde traslucía el recuerdo de una (muy recientemente) abandonada infancia mucho más dura y complicada de lo que su alegría le permitiría jamás confesar. A su lado todo era simpatía y juventud, un poco al contrario de mi hija –siento decirlo -, mucho más borde y maleducada y de la que esperaba que la influencia de Gemma le dulcificara su un tanto masculino carácter. Si no hubiera sido por la belleza que compartían en la flor de su adolescencia se hubiera podido decir que eran como la noche (mi hija) y el día (Gemma, claro). Incluso me llamaba la atención el hecho de que hubieran llegado a ser tan amigas. A primera vista se hubiera dicho que Gemma era la típica chica que mi hija ( a la que os aseguro que pese a todo adoro) hubiera despachado con un "va de guay", pues al parecer a Lorena la chulería y el descaro le parecían todo un valor para la vida. Aún así hay que decir que nunca le faltaron las (y los) amigas y que nos daba más de una preocupación a su madre y a mí con sus continuas correrías nocturnas y sus trasnoches de campeonato.
Por no decir sus pésimas notas, razón por la que la pusimos a trabajar a tiempo parcial, a ver si se centraba (mi gozo en un pozo). El caso es que poco a poco comenzó a mejorar la relación laboral entre los tres y yo me pasaba cada día más tiempo en la panadería: la alegría contagiosa de las niñas así como alguna clienta con la que mantenía un suave coqueteo me compensaban de la un tanto insípida vida de casado de largo recorrido . Pero ya estabamos en pleno verano y, que remedio, trabajando como esquiroles (sobre todo para pagar los caprichitos de mi esposa) y sin vacaciones a la vista. Los clientes y los pedidos de todo tipo de bollería (no seáis mal pensados) se acumulaban con lo que las horas extras se empezaron a convertir casi sin darnos cuenta en horas normales, y pese a que ninguna de las dos empleadillas de mi corazón protestaba por las maratonianas jornadas de trabajo mis cuarenta y laaaaaaaaargos años se empezaban a resentir. Llegó un punto en el que no solo almorzábamos allí mismo sino que Gemma, trabajadora estajanovista donde las haya, me pidió quedarse allí a dormir con cada vez más frecuencia. Aunque la idea no acababa de hacerme gracia (pues nunca se sabe por donde va a salirte el tiro con chicas tan jóvenes) comprendía, aunque no lo dijera, los motivos de su solicitud: llegar a casa a veces a la una o más (a estas alturas cerrábamos muy tarde pues se había puesto de moda el botellón en la zona y vendíamos cerveza y pizzas a mansalva) para volver a las cinco de la mañana para meterse en el horno de nuevo a preparar el pan era una paliza que no todo el mundo puede aguantar. Así que le habilite un colchón en una habitacioncita donde guardábamos diversas cosas y , para acabar de vencer mis resistencias iniciales, Lorena me pidió quedarse a dormir con ella: nada más normal y también nada más seguro para mí. Al fin y al cabo no dejaba tampoco de ser una oportunidad de fastidiar al padre de Gemma y de pasó recuperar algo de intimidad con mi esposa. Me despreocupé de todo y finalmente accedí.
Así que, como ya he dicho, dejé que mis dos cielos (pues Gemma ya era para mí como una hija adoptiva) pernoctaran en la panadería a partir de entonces, con la satisfacción que da tener a una preciosura trabajando a destajo por un sueldo más bien bajo y con la tranquilidad que me daba la positiva influencia que sobre Lore ejercía esta. Se puede decir que ahí comenzaron los buenos tiempos . Mi relación con mi esposa empezaba a ir viento en pompa (digo, en popa) a la vez que el negocio no solo se había convertido en una fuente de dinero sino en una satisfacción personal que afrontaba todos los días con alegría e ilusión. Quien puede dudar de la maravillosa, aunque engañosa, alegría que puede transmitir la adolescencia concupiscente a los hombres maduros que como yo, se ven entrando fatalmente en el más gris de los otoños que nos tiene preparado la vida. Y que luz: con ella todo era primavera, la felicidad, la tranquilidad que da saber que queda toda una vida por delante, que siempre se puede comenzar de nuevo aún, lo inundaba todo. En el más sofocante y gris de los veranos con ellas al lado todo era primavera. A tal punto que clientas y clientes (estos, con un punto de ironía) me hacían notar el cambio de actitud y de semblante que tan estupenda oportunidad me había dado: ya solo me atenazaba la sombra de que Gemma nos dejara, por lo que decidí mejorar sensiblemente su sueldo en la esperanza de que contemplará ya su futuro con nosotros: como una pequeña y feliz familia, pues notaba el cariño casi parental que sentía por mí. Era casi como la hija que hubiera deseado que la bella pero arisca Lorena hubiera sido, y aún así, cada día me iba sintiendo más feliz con el cambio que en ella la amabilidad de Gemma empezaba a despertar. Pero claro, también estaba el trabajo duro. Intensas jornadas de lunes a domingo (pues cada día tenía menos ganas de hacer otra cosa que compartir mi tiempo con ellas) en las que el más tórrido de los bochornos se agarraba a nuestros cuerpos. Era casi como si el calor de los días de agosto junto con el ardiente efluvio del siempre encendido horno nos atenazara a los tres a la vez, uniéndonos en una marea de olores y sensaciones que nos embriagaban constantemente: el aroma a pan caliente, la cervecita bien fría siempre a mano (pues aunque todavía no tenían la edad preceptiva para beber ¿quién iba a negarles semejante desahogo a tan esforzadas currantes?) el ir y venir de los clientes, siempre halagando las bellezas de ambas muchachas y riéndose de mis chanzas, las picardías de los muchachos que tonteaban discreta pero evidentemente con ellas, las clientas maduritas siempre dispuestas a que las atendiera con la mejor de sus sonrisas. Todo ello haciéndonos disfrutar de una felicidad que no dudábamos en exhibir para todos. Y el sudor....ummm... el sudor ¿qué decir de esa savia, ese maná que los cuerpos adolescentes derrochan generosamente, pegando las leves ropas veraniegas a sus cuerpos, propagando el olor salado y refrescante del mar por allí dónde van? A veces entrar en la panadería era recibir una bofetada de euforia que remitía a la fisicidad de los cuerpos, a los placeres de la carne, recordando sin duda a los parroquianos los secretos juegos sepultados por la rutina y el hastío.
Mallarmé escribió alguna vez que la carne era triste. Evidentemente, nunca fue cliente nuestro.
Y así pasaban los días, contando todos ellos con algún o algunos momentos memorables, dignos del recuerdo solitario y nocturno. Por ejemplo, viene a mi memoria aquella ocasión en la que un malencarado chaval del barrio (según la rumorología popular, por algún oscuro asunto de índole erótica) vio despertar su animal deseo por obra y gracia (o por obra de las gracias) de "mis niñas". Momento terrible para mí en el que los más tiernos sentimientos y el deseo más oscuro vinieron a encontrarse, como si yo viera a través de sus lascivos ojos tal y como el las veía. Escena de callada y secreta lujuria y de la que no puede saber nunca si eran mis deseos la que la habían provocado en mi mente o mis sentimientos paternales los que, por el contrario, me hacían dudar de mí mismo para mejor protegerme del abismo en el que estaba ya cerca de precipitarme. Intentad reconstruir la escena que viví a través de mis torpes palabras, por favor, y quizás seáis partícipes de una pizca - al menos- de lo que yo viví. Llegado aquí ya sé que no tendré lectores. Sólo cómplices y jueces: leed, pues, y escoged vuestro bando.
Así estaba yo, cierto día cuando apareció por allí Elías, un chaval que había desaparecido durante un par de años (contaba entonces 16 o 17 ya) según cuentan porque una larga lista de padres y maridos furiosos hacían cola para abrirle la cabeza; baste decir que a los 14 años ya se le atribuían dos embarazos de chicas de la zona y algún otro de alguna mujer ya casada y entradita en años. El caso es que cuando más o menos se hubo tranquilizado todo comenzó a trabajar de repartidor, siendo así que era el que traía junto a su padre la harina que necesitaba para el pan del día, con lo que sus idas y venidas por el negocio eran harto (al menos yo ya estaba harto) frecuentes. Quizá eran los prejuicios creados por la maledicencia o mi instinto de protección paterno, la cuestión es que no me hacía mucha gracias verlo aparecer por ahí y que siempre estaba bastante atento a lo que hacía cada vez que entraba en la trastienda donde dejaba los sacos cargados. En una de esas, una mañana de lunes al mediodía en la que mis ojos se cerraban por el sueño (llevaba unas semanas ya de insomnio continuado, quizá por el calor, quizá por el estrés o por todo a la vez) entró, como siempre, en la trastienda a dejar los sacos de harina así como a llevarse un montón de barras de pan para distribuirlas por ahí. Pasado un buen rato en el que me empezaba a aburrir porque por allí no aparecía nadie y pareciéndome excesivo el tiempo que el chaval pasaba ahí dentro, fui hasta el cuarto del horno a ver que pasaba...más por matar el rato que por preocupación, la verdad sea dicha. En fin, en cuanto me dirigí adentro con la sana intención de despacharlo sin más pude observar como se entretenía pelando la pava - como dicen nuestros mal hablados jóvenes- con mi Gemmita, Luz de mi vida y Sol de mis Atardeceres. Y de que forma la entretenía, por Dios, exhibiendo su tenso cuerpo adolescente, bronceado y musculoso bajo una camiseta de tirantes bajo la que asomaban algunos canallescos tatuajes; mostrando como quien no quiere la cosa los bíceps de los que hacía gala, sus piernas fuertes y sólidas como robles, su vientre plano, sus sensuales belfos morunos, su pelo - negro como sus intenciones- rizado y oscuro como la mar en un día bravo...etcétera. Diablos, ¡si hasta yo que siempre he sido un homófobo de tomo y lomo me estaba poniendo! Y ella, Gemmita, su deseo no parecía ser menor que el nuestro. Ah, mi demonio, mi fuego, mi niña. Si hubierais contemplado su rostro sonriente, sus labios rosados y burlones enmarcados en unos aún infantiles mofletillos (que solo pedían ser mordidos, ñam-ñam), el brillo de sus ojos grises, sus manecillas pequeñas y de deditos redondeados jugando con su pelo, coqueta, llevándose sus cabellos castaños ora hacia sus dientecitos blancos, ora hacia su cuello perfecto. Y su cuerpo, Dios mío, que cosas decía su cuerpo: no sabía de que hablaban los dos jovenzuelos pero sabía lo que sus cuerpos decían más allá de su , a buen seguro, intrascendente cháchara . Decían deseo, decían gozo, decían pecado, pecado y pecado. El calor del horno, acuciado por ese obsceno sol del verano granadino que no duda en incendiar los más secretos pliegues de la piel, parecía una promesa del fuego del infierno que nos esperaba a todos. Empezaba a alterarme, la sangre llegaba a riadas hacía mi pene abandonando mi cerebro, imposibilitando cualquier pensamiento coherente. Salivaba como un depredador hambriento que por fin contempla a su víctima: suplicio de Tántalo: ver y no tocar ¡ay!. Gotas resbalaban de mis peludas axilas hacia mis manos, como preparándolas para el más indecente de los manubrios.
Todo mi cuerpo era adrenalina, tensión: me sentía como un león que se acercara a dos desprevenidas presas. Y como tal león, no dejaba que se me escapara ningún detalle de la escena que excitaba mi hambre como nunca antes ninguna otra lo había hecho. El pecho de él dirigido hacia ella, los nacientes y redonditos senos de ella apuntando hacía él, dejando entrever pezones erectos como las antenas de alguna radio que captara la frecuencia del deseo. Y que pechitos, joder, indecentemente inocentes, puros, regalados de si mismos que se dejaban transparentar bajo la blanca y sudada blusa que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Mientras el la miraba los ojos, encandilándola como una serpiente (y por lo que había oído disponía de una pitón entre las piernas) ella se dejaba acorralar frente a la pared, con las manos pegadas a esta, como si la pared no fuera lo bastante fuerte para frenar su lujuria. Gemmita levantaba una pierna, abandonando el feo zueco a su suerte en el suelo, desnudando su perfecto y pequeño pie, blanco como leche inmaculada que mostraba una planta oscuramente manchada (pues ella había copiado la costumbre de mi hija de caminar descalza por la tienda, cosa que me enternecía) como mi suciedad anhelaba manchar su blanca juventud. En ese gesto, solo aparentemente inocente, dejaba ver a una mirada avisada la jovial blancura de sus bragas bajo la negra falda que les servía a modo de uniforme. Así, los dos chicos iniciaban una coreografía secreta a mis ojos, inflamando mi deseo. El colmo fue observar como Elías se tomaba la confianza de acercar su mano sucia y ridículamente grande hacia su rostro, pasando con parsimonia los nudillos, como si dudara entre golpear su cara o acariciarla cariñosamente. Ella sentía ese mismo peligro, y se dejaba hacer, juguetona : con el rabillo del ojo seguía esa manota que iba del cuello a sus labios y que amagaba a veces con hacerse un hueco entre estos. Se veía que el riesgo le excitaba. Y a mí, hasta niveles que en solo unos segundos eran ya insoportables. Casi desee que el la golpeará ahí mismo, fuerte, en la cara, rompiendo su perfecta boca, haciendo estallar su belleza en mil pedazos para castigar la infidelidad de la que me sentía, locamente y sin motivo, víctima en ese momento; pues tales eran mis celos, exacerbados hasta el infinito por el morbo. Reáin y parecían reírse de mí, como si ella confesara que jamás me hubiera dedicado semejantes miradas. Y él no dejaba de presumir de su juventud, su gallardía, su chulería. Si a ella quería verla humillada en ese momento a él hubiera soñado sodomizarlo violentamente ahí mismo, despojarle de los atributos de su masculinidad, morder sus hinchados cojones, devorar su polla a mordiscos hasta que no quedará nada de ella que pudiera mancillar a mi niña casi adoptiva: me sentía maricón por odio Emociones desconocidas inundaban a oleadas mi cabeza, con una intensidad como nunca antes me había permitido: la rabia, el morbo, la violencia. Todas ellas se dejaban sentir en mi cabeza, erizando cada vello de mi peluda piel y haciéndome sentir de nuevo como un chico de quince años que contempla indefenso como le levantan la novia (y otras cosas). En el instante en que ella, en un gesto sin duda inconsciente y por ello más enervante, se llevaba la mano hacia su barriguita, desabrochando el botón que guardaba su ombliguito, sentí como un rayo me atravesaba y me obligaba a intervenir. Después de todo, ¿qué clase de jefe hubiera sido si permitía que semejantes escenas tuvieran lugar en mi propio establecimiento? ¿qué clase de padre (por mucho que realmente no lo fuera de ella) si dejaba que semejante garrulo se acercara a quién en mi cabeza llamaba "mi niña"? Pues en la casa de uno, uno es su amo. Y tiene derecho a hacer lo que quiera. Sin pensarlo, me decidí a romper "la magia del momento".
-Vosotros, a ver si trabajáis, coño, que para eso os pago. Y tú –dije mirando fijamente a Gemma - ponte a amasar los bollos de sésamo. Elías, joder ¿no tienes otra cosa que hacer que distraer a mis empleadas?
La pregunta no podía sonar más ridícula y ambos me miraron divertidos, como si fuera estúpido, con sus sonrisas apenas contenidas estaban diciendo claramente "no, no tenemos nada mejor que hacer. Ni se nos ocurre que puede ser mejor que esto. Y a ti tampoco, viejo". Los miré resignado, como un padre cansado de echar la misma bronca una y otra vez. Aunque Elías se apartó respetuoso (todos los chulos son unos buenos lameculos de sus jefes) Gemma no dejó de mirarle soñadora ni un solo momento, mirada que solo desviaba para dirigirla a mí, como si dudara de que fuera yo real o parte de algún sueño erótico interrumpido por el despertador imbécil. Elías se percató de la mirada de ella, lo que para mi escarnio lo envalentonó hasta el punto de despedirse de mí sin siquiera mirarme, con un escueto y chulesco "claro jefe, hasta luego". ¿"Claro, jefe"? ...a ver si te dejo volver por aquí gilipollas" pensé, pero ya sabía la respuesta positiva que tenía esa pregunta: prefería que se vieran allí mismo, donde podía controlarlos que en cualquier otra parte donde sus escarceos no podrían someterse al rigor de mi bienintencionado escrutinio. Pues antes que jefe era su padre adoptivo, y como tal tenía la obligación de protegerla y cuidarla. "Cuidarla" la sola palabra volvió, no sé por qué, a calentar mi ya casi derretida mente. Evocaba en mi las imágenes que había vivido tantas vences con Lorena: bañarla , prepararla, acompañarla, contemplarla dormir en el sofá, verla arreglarse para salir con sus amigas...pero todo ello cobraba un sentido nuevo y sexual para mí. Mientras él se marchaba sin cruzar palabras hacia su furgoneta ella devolvía sus lindos piececitos a los zapatos, al tiempo que los mechones que antes le habían servido para atraer al Macho-Follador se recogían recatadamente tras sus pequeñas y duras orejitas. "Así te quiero ver" me dije.
-Oye, Gemma, desabróchate un poco más al blusa si quieres, que se te ve muy acalorada- le recriminé irónicamente solo para que supiera que no me chupaba el dedo y que podía ser tan borde como se ha de ser para que una chica no cometa tonterías. Miró al suelo avergonzada y se abrochó lentamente el botón que había liberado ante Elías.- Y anda, vente que ayer te salieron las empanadas un poco duros y te quiero enseñar a hacerlos bien ¿eh? Qué te veo muy distraída últimamente.
-Sí, Antonio, perdone que me haya entretenido - contestó con una sumisión impostada, en la que se traslucía algo de resentimiento por la humillación de la que la estaba haciendo objeto.
-No te preocupes, que no soy un cura para perdonar a nadie- "no, no soy un cura –pensé otra vez para mi- pero a ti si que te ponía yo una buena penitencia". Anda guapa, vamos a preparar la masa de las dichosas empanadas.
Dejé que se pusiera delante mía para poder contemplar su bien formado y duro culito...mmm, que delicia era toda ella: su espaldita, la cinturita ajustada por el delantal del ratoncito Micky, sus plantas mostrándose a cada paso, sus delgaditas piernas, esos taloncitos finos y que su joven edad mantenía lisos y suaves ...todo en ella era un cuento de Sherezade. Una auténtica hurí del paraíso bajada del paraíso para darme un último atisbo de Belleza. Se colocó, aún enfadada, frente a la mesa y dispuso ordenadamente todos los ingredientes ante ella, como si se preparara para un examen. Y yo disfrutaba, es cierto, de mi papel de inmisericorde examinador, colocándome detrás de ella mientras vertía los ingredientes en el bol...ella no decía nada, se la veía aún enfadada y, pese a todo, no podía importarme menos: era mi deber, sencillamente. Así, silenciosamente, fue manchando sus manecitas de harina, aceite, sal, huevo. Era tan excitante verla limpiarse sobre el delantal, restregar sus manos - en cuanto este estuvo ya demasiado sucio- y limpiarse en la blusa...se la veía acalorada, podía distinguir las perlitas de sudor que empezaban a aflorar por las partes descubiertas (que, como podéis imaginar eran muchas)de su piel brillar liberando un olor dulce y discreto a sal y frescura. Cuando la masa estuvo ya lista para empezar a ser batida, lenta y desganadamente por ella, decidí pasar a la acción. Gastronómica, quiero decir: al fin y al cabo mi intención no era otra que la de convertirla en una soberbia repostera. Y esos no eran modos de hacer las cosas, claro.
-Mira, Gemma, así no se bate: deja que te muestre –pegué mi cuerpo al suyo y cogí su húmeda mano derecha, que sostenía la paleta de madera. En cuanto toque el dorso de su mano noté como asía más fuertemente la paleta, como buscando algo a lo que agarrarse. Con la otra mano realice la misma operación: Tienes que volcar un poquito el bol, así.
Ya la tenía sujeta de ambas manos, notaba sus piernas muy juntas, muy cerradas frente a las mías, que por el contrario prefirieron abrirse como para hacer hueco a las suyas. Si la expresión "sentir el aliento de alguien en la nuca" tiene algún sentido, ella lo estaba descubriendo entonces. Es más, incluso me complacía dirigiendo mi aliento contra su cuello, mientras le hacía batir fuerte y rápido la mezcla sin dejar de apoyarme contra su pequeño cuerpo.
Ay, tenga cuidado que me hace daño- dijo un tanto divertida. Y al decirlo volteó su cabeza hacia mi, mostrando su carita traviesa, su nariz respingona, la maravillosa y mínima pequita que señalaba uno de sus mofletes, el flequillito cosquilleando en mi garganta. Le parecía un juego. Y yo estaba dispuesto a jugar. Lo que no sabía era hasta donde ella quería continuar con la diversión, en fin, nunca me hubiera permitido más que ese leve coqueteo, pues no estaba haciendo nada que traspasara ni los límites de la decencia ni de la confianza que ella había depositado en mí. Jamás haría tal cosa, me decía, y esa confianza en mi mismo me permitía al mismo tiempo expandir los límites de lo tolerable, dejando siempre que los marcara ella. Pero era cierto que debía estar dañándola: mis manos ocultaban completamente las suyas, que yo no dejaba de apretar como si temiera que se escapara. Y me gustaba eso, que supiera de mi fuerza, sentirla vulnerable como un hermoso colibrí atrapado en las garras del malvado y viscoso lagarto que yo estaba disfrutando ser en ese momento.
Tienes que hacerlo mejor....más rápido...más fuerte, si no te duele no aprenderás, Gemma ... y yo quiero que aprendas, decía con mis labios muy pegados a los suyos, dejándome bañar por su puro aliento, sintiendo casi el duro tacto de esos dientes que pedía que me devoraran. Y pensé entonces en las braguitas que había entrevisto unos minutos antes, cuando compartía su felicidad con ese chico duro y violento que tanto me había excitado. Mi pene se endureció irremediable e irresistiblemente creciendo hasta rozar sus nalgas a través de la doble barrera de mis jeans y su faldita...Ella, mientras yo intentaba controlar el huracán de sensaciones que me embargaban parecía mirar mi boca, con el cuello vuelto hacía mí como se vuelve una cobra encantando a su víctima ¿quién, de los dos, era entonces el depredador y quién la presa? Yo solo quería devorar y ser devorado... diestramente desabroché el mismo botón que ella había desabrochado para Elías, pues quería tocar lo que él solo e había tenido que conformar con ver. Y así, comencé a cosquillear con apenas la yema de los dedos el agujerito de su ombligo, su tersísimo vientre. Azorada, su reacción era reírse ligera pero nerviosamente.
-Ahora hay...hay que... amasar...¿no? - dijo ella. Y soltando su mano le permití sacar la masa del recipiente echándolo fuera, sobre la encimera, mientras con sus palmas aplastaba y enrollaba la masa hasta formar largos y blandos bollitos que sabrían a ella, al contacto de su piel desnuda con la harina y el huevo, al regusto salado . "Bollitos con sabor niña, ¡como se venderían!" se me ocurrió tontamente. Yo aplasté a mi vez uno de ellos y en un gesto de un valor infinito del que no me hubiera creído capaz lo dirigí violentamente contra su entrepierna. Se sobresaltó, parecía que para ella el juego había terminado e intentó zafarse de mi presa, pero no solo mi brazo izquierdo ya la había rodeado completamente sino que mis piernas y mi paquete ya colaboraban en el asalto definitivo a su femineidad impidiendo sin piedad cualquier movimiento de su parte. Todo mi cuerpo se había convertido en una tenaza de acero, resorte destinado a extraer de ella todo el placer que fuera capaz de dar. Levantó el cuerpo poniendo todo su peso sobre la punta de sus pies para mejor arquearlo hacia atrás. Pero no logró desequilibrarme (bueno, mentalmente quizás ya lo estaba) y mi reacción fue subir la masa harinosa desde su muslo hasta sus braguitas, preparándome para introducirla dentro de ellas, mientras me contenía las ganas de desgarrar a mordisquitos sus orejas, su cuello, su nuca. Sin embargo un ruido molesto (la alarma del horno) me devolvió ala realidad como si del timbrido de un despertador se tratara y hube de exclamar muy alto y simulando un desenfado que no sentía..
Eeeeeeeeeeeeeyyyy ¡¡¡¡¡casi te pillo, jajaja!!!...eso para que aprendas a distraerte con los chicos en el trabajo...QUE TE VALGA DE LECCIÓN ¿EH?
Me miró desconcertada, jadeante....era indudable que la excitación del primer momento y el susto que le acababa de dar le habían puesto el corazón a mil por hora, a punto de hacer reventar su pecho, que no dejaba de temblar. Estaba perpleja pues no sabía que esperar o como actuar en una situación así. Se apoyó contra la mesa mirándome seria y muy fijamente y, tal vez al ver mi sonrisa (falsa), empezó a reírse, soltando toda la tensión que se había acumulado en tan breves pero intensos momentos...
- Usted... Jajaja..bufff...casi me pone perdida...jajaja...en fin, vaya lección...ay , hasta se me han caído los zapatos...decía al tiempo que se ponía el uniforme en orden...
Bueno si, necesitabas una lección. Y además te habías puesto muy seria, chiquilla...comprendo que ese chico te guste, pero no debes enfadarte porque tu jefe te reconvenga por no hacer tu trabajo. Por mucha confianza que tengamos sigo siendo tu jefe, recuérdalo. ¿Vale?
Tiene razón, disculpe de nuevo...¡pero no vuelva a tratarme así, que mire como me pone, "jefe"! –dijo sin pizca de amargura o resentimiento.
En verdad, era maravillosa. "Y en verdad, necesita el trabajo", se me ocurrió, razón de más para que tolerara lo que acababa de pasar y prefiriera hacerse la tonta . Da igual: todo con ella parecía conspirar a mi favor. Mis sentimientos hacia ella, me repetí, deben de ser de la mayor ternura y bondad. Pero eso no excluye, que dentro de ciertos limites pueda disfrutar con ella de alguna inocente diversión como a la que acababa de asistir. Así que la mande a despachar a los clientes (faltaba todavía una hora para abrir) que estarían a punto de venir y me largué hacia el WC, a ver si podía descargar el fusil yo sólito pues no era demasiado cómodo pasar así toda la mañana., bien empalmado. Una vez dentro del excusado, desabroché mis pantalones dejando ver mi verga gloriosamente erecta, como hacía mucho tiempo que no lo estaba...la cabeza estaba roja y parecía tan a punto de estallar que dolía solo mirarla, así como el prepucio aparecía también enrojecido e irritado, demasiado poca cosa para contener mi excitación...los huevos estaban hinchados y muy subidos, juntos como si formaran una sola pelota. Todo estaba ahí preparado para el terrible acto que había estado cerca de cometer. Pero ¿era realmente tan terrible? Pensaba mientras frotaba mi pene suavemente, arriba y abajo. Al fin y al cabo yo le había dado a esa niña mucho más de lo que había tenido nunca: una familia, una hija mía que era su mejor amiga, dinero, respeto y hasta se podía quedar a dormir aquí a pernoctar por las noches. Es más, de hecho ya no tenía otra cosa que a nosotros y dependía por entero de mí, pues después de varias semanas sin pasar a dormir por casa era evidente que jamás la dejarían volver por allí; sin estudios ni otro oficio ni beneficio que el que yo le daba ¿qué más podía hacer que conformarse a mis deseos? Después de todo era obvio que había estado a punto de ceder a mi intento previo y que incluso había creído notar en ella cierta excitación. ¿Y no era justo? Le había dado muchísimo y solo esperaba cobrarme un precio pequeño por mi generosidad. De todas maneras, tampoco le pedía anda que no fuera a darle a otro (si es que no lo había hecho ya) gratis y a cambio de nada, como ese tal Elías. En fin, quedaba claro que lo mínimo que podía hacer por mí era complacer mis deseos pues encima le pagaba mucho más que a mi propia hija por el mismo trabajo. Y quedaba claro también que no conseguía, pese a lo cachondo que estaba, abstraerme lo suficiente como para lograr la eyaculación y así librarme de tan oscuros pensamientos. Por cierto, que hoy mi hija no iba a acudir a trabajar y que se preveía que era un día sin demasiada clientela (todos estaban de vacaciones) así pues, en el fondo, estaba completamente libre para hacer lo que quisiera. Introduje penosamente el engrandecido miembro dentro de los pantalones y me dirigí hacia la tienda, donde efectivamente, no había acudido nadie y ella mataba el tiempo quitando el polvo.
- Estás muy sucia –le dije- deberías cambiarte ¿no crees?
Sin responder nada y de nuevo muy seria se dirigió hacia el WC donde antes había intentado infructuosamente masturbarme con la muda de ropa que allí tenía...por fortuna para mí, nunca había puesto un pestillo en tan delicado sitio (siempre he odiado hacer de carpintero) y aunque entornó todo lo que pudo la puerta, estaba claro que esta se abría lo suficiente para dejarme entrever sus operaciones. No sé si era el cansancio de una mañana de sensaciones fuertes u otra cosa, pero el caso es que se desvestía lentamente y como con desgana, sin parecer consciente de que yo podía verla o efectivamente, creyéndome inmune a semejantes sentimientos voyeurísticos . Pero no lo era, y aunque había pensado en masturbarme sin más mientras se desvestía en cuanto ella se quedó en braguitas (el escaso tamaño de sus aun no desarrollados del todo senos hacía innecesario el sujetador) y pude contemplar, mesmerizado como un idiota, sus formas delgadas y suaves noté como algo hacía "¡clic!" en mi, disparándome hacia la puerta e interrumpiendo su intimidad justo cuando las braguitas (manchadas también por la harina y el aceite) comenzaban a retirarse hacia sus rodillas. Ella, esta vez si, no pudo menos que gritar asustada con lo que lo primero que hice fue taparle la boca con la palma de mi mano, donde recibí de sus dientes de gata asustada una sonora dentellada. Sin pensármelo en absoluto, mi mordida mano pasó de mordaza para su boca a ariete para su cara, impactando en su rostro y a punto de derribarla si no fuera porque el servicio era demasiado angosto como para caer redondo en el suelo. Se quedó tan perpleja que ni siquiera me miraba, como si yo estuviera allí, se limitaba a intentar recuperar la compostura y a dirigir su lengüecita hacia su recién partido labio. Ese gesto aumentó más mi determinación, si cabe, con lo que eché todo el peso de mi cuerpo hacia ella, agarrándola del cuello y dándole la vuelta.
Estaba preciosa cara a la pared, como una colegiala castigada.
Jadeaba furiosa y el vaho de su aliento limpiaba los sucios baldosines del WC que siempre se resistía limpiar. Gustándome la idea, pasé su cara por ellos, como para limpiarlos y para que de paso supiera bien quien mandaba, quien era el Jefe. Un poquito de su sangre bucal quedo manchando la pared.
Serás desagradecida y malcriada...con todo lo que te he dado –decía mientras apretaba su cuerpo desnudo contra la pared- te voy a enseñar modales, para empezar...¿sabes? ¿no dices nada? Da igual, no hace falta...creo que he tenido ya mucha paciencia contigo. Y seguro que estás de acuerdo conmigo. Por cierto...buen culo que tienes putita....
Y al decir esto lo agarre con la mano que tenía libre, amasándolo como el pan, cogiendo sus cachetes, pasando la mano por la olorosa raja. Estaba tan blanquito y su piel era fina y delicada que no tardó en ponerse bien rojo con mis sobeteos.
Porfa...déjeme...porfaaaa - esto ya no lo decía furiosa, sino triste, llorosa- no. No me haga nada. Solté su culo y libere una vez más mi tranca. Era o Gemmita o mi tranca, que iba a morir si no se metía en caliente al instante. Haré lo que quiera, pero no me haga daño...
Deja de gimotear, podías haber sido buena conmigo y yo hubiera sido bueno contigo. Ahora, afronta las consecuencias. No vamos a hacer lo que yo quiera sino lo que tu no quieras...¿sabes?
Esas palabras parecieron asustarla tanto que se quedó callada y con todo su leve cuerpo temblando de miedo como una hoja al viento.. Al instante, el contenido de su imberbe vagina se vació entre sus pies descalzos y mis zapatos...
- Serás puta...seguro que lo haces para calentarme...¿sabes bien calentar a un hombre, verdad? Se te nota la experiencia...que vergüenza, tan joven ....
No, no le juro que no tengo ninguna experiencia, déjeme, me dolerá.
Oh, no te preocupes – decía yo al tiempo que pasaba la mano por sus mojados muslos mientars pegaba aun mas su culo a mi paquete- no es lo que tu crees lo que te va doler ¿sabes?
Y agarrando mi pene como si se tratará más de una lanza o una arma que de un órgano lo dirigí hacía el sonrosado ano de Gemma, que ya callaba esperando solo lo peor y dejando apenas que se escucharan unos pocos lloriqueos que resbalaban desde sus ojos mojando toda su cara. Tanteé el terreno primero, eche mi verga hacia atrás para tomar impulso (sabía que en un culito tan cerrado la operación iba a ser casi imposible sin hacer mucha fuerza) , examiné sus esfínter con mi glande en busca de puntos débiles y en un gesto supremo me lancé hacía dentro de ella. Gritó tan alto que si no llega a ser por como le tapaba la boca con la mano, sé que hubiera acudido toda la policía del mundo al momento. Pero algo salió mal: solo había entrado la punta, apenas, y era tan estrecho su culo virgen que incluso solo con eso ya me dolía horrores tenerla ahí metida . Así que, sin desandar un milímetro, mientras luchaba para que ella –que se revolvía de dolor- se quedara quieta agarré sus tetas por los pezones y volví con el asalto definitivo, en el que ella pareció desmayarse y quedó como muerta entre mis brazos, con los pies apoyados sobre un charco de orín y con la movilidad de una muñeca de trapo. Ya era mía. El golpe había sido tan fuerte que había notado perfectamente los tejidos rectales desgarrarse para hacer sitio a mi polla, que en su culo parecía aún más grande. Noté el calor de su mierdecilla en la punta de mi pene y como su recto se iba poniendo húmedo llenándose de fluidos que acudían a intentar restaurar su integridad anal. Quería ver las consecuencias del desastre, así que saqué de un golpe seco mi pene dejando escuchar un estallido como el de una descorchada botella tras el que salió en tropel un líquido rosa como el amanecer en el que se mezclaban las blancas mucosas desgarradas, la sangre de la exvirgen anal y la caquita que su culito contenía. Pero quería más...siempre con el deseo de respetar su virginidad vaginal la puse de rodillas, sujetando su desmayado cuerpo por la cabeza y me preparé para penetrarla oralmente. Fue increíble, nadie podrá imaginar lo que era tener la polla ahí, con sus dientes arañando sin querer mi prepucio y su garganta sirviéndome como la mejor de las vaginas. Uno, dos , tres...sacaba y metía...ahora rápido, después más lento. Y era estupendo. Solo el miedo a que se atragantara con mi lechada me llevó a sacarla de ahí para finalmente descargar todo el contenido de mis cojones en su tierno rostro: en cuanto mi polla hubo chocado contra su respingoncilla narizita una riada de esperma se derramó generosa sobre su carita inocente dejándola increíblemente sexy.
-Ay- gimió ella. Parecía que la corrida facial le había despertado ligeramente, así que lleno de ternura y remordimientos la cogí fuerte entre mis brazos y la levante como un novio lleva a su recién esposa al lecho nupcial . Con amor y cariño, sentí su leve peso. Era una plumilla y la saqué de allí para dejarla sobre la camita que había preparado para que pernoctara en la panadería. Se la veía agotada y dolorida, pero aún así, como satisfecha de que todo hubiera terminado por fin. La posé en la cama, como iba diciendo, y colgué el cartel de cerrado para mejor atenderla. Cuando volví hasta ella una manchita de sangre teñía las sábanas blancas bajo su culito...primero pasé una toallita húmeda, mezcla de agua y colonia para dejarla bien limpia y como nueva. Se fue así recuperando por lo que le di un batido bien frío de chocolate para que recuperara las fuerzas perdidas durante el brutal asalto de la que le había hecho objeto. Se dejaba suavemente acunar entre mis brazos, como una gatita recién despertada y su rostro no traslucía amargura o disgusto alguno sino algo de la paz que nos inunda tras un ejercicio prolongado.
Ay...tengo...tengo que trabajar –dijo. Realmente, su entereza y dedicación eran más que admirables. Ya era mía, supe en ese momento que no debía temer nada de ella.
Ni lo pienses cariño. Después de esto te toca descansar, anda, bebe . Te has portado muy bien y sabré recompensarte, que sepas que te has ganado un padre y que nunca te fallaré o abandonaré. De mí obtendrás todo lo que quieras. Soy tu esclavo, Gemmita.
Asintió con una media sonrisa y continuo bebiendo a pequeños sorbos le batido. Dijo "gracias" en apenas un susurro y se dejó acariciar por mí: mis dedos recorrían dulcemente su piel, desde sus pies a su cabello. Cabía como una flor en mi mano y poco a poco fui notando como mi virilidad se iba recobrando, disponiéndome a un nuevo asalto que ahora, que sabía que tenía su respeto y sumisión, sería bien distinto.
Gemmita, déjame dormir contigo, descansemos juntos ¿vale?
Y por primera vez me desnudé ante ella, mostrando mi maduro cuerpo de hombre en contraste con el juvenil y femenino suyo. Mi polla ya estaba morcillona y ella apartó la botellita del batido para asir mi pene, que se llenó al instante de sangre lasciva y exigente. Su caricia me enervó al instante y sin más la tumbé de nuevo boca abajo sobre las manchadas sábanas para disponerla a mi deseo. "Vamos a ser muy felices ¿sabes?" susurré en su oído , mordisqueando al mismo tiempo su oreja, chupando sus mechones de pelo...mmm...agarré de nuevo mi desnudo pene y posé todo mi pesado cuerpo sobre el suyo, que se aplastaba cómodamente debajo de mí. Lo dirigí otra vez hacia su ano, esta vez la introducción fue mucho más rápida y feliz, soltando ella solo un ronroneo mientras entraba y salía de su ano, que permanecía húmedo y lubricado por la mezcla de mis jugos y los suyos, haciendo mucho más fácil la penetración. Me corrí por primera vez dentro de ella, permitiéndome declararle mi amor y entrega en el preciso instante que me iba en su culo. Cuando la hube sacado, puse mi cuerpo a los pies del suyo, entreteniéndome en hurgar en su culito con los dedos, a lo que ella respondía agitándolo juguetonamente, casi como si tuviera cosquillas ahí dentro. Me permití la licencia fetichista de untar en su pies los fluidos mezclados que afloraban de su ano, lo que me excitó lo bastante como para hurgar con casi toda mi mano allí dentro, lamiéndolo yo mismo y dándoselos a probar a ella, que aceptaba golosa el regalo. Aun dolorida –como me confesó- chupeteaba deleitosa todos y cada uno de los dedos, apurando sus jugos. El mejor alimente del mundo, en fin.
Comenzaba entonces la etapa más feliz de mi vida por lo que no dude en preguntarle... "Gemmita que harás por las noches ahora?" A lo que contestó con los ojitos cerrados y entre risas: "dormir y callar y conmigo te has de quedar". La abracé una ultima vez antes de levantarme a trabajar (ella se quedaría descansando todo el día) y me la comí a pequeños besos y bocados.
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