|
María Isabel era una hermosa y lozana muchacha de 21 años de edad. Como todas las señoritas bonitas y de sociedad (es decir, de la alta sociedad), era tan bondadosa, extrovertida y segura de sí misma, como frívola, tonta y caprichosa. Acudía a la universidad con genuinos ánimos de superación, muy orgullosa de pertenecer a aquella generación de mujeres capaces y decididas. A pesar de lo cual soñaba con el hombre que habría de convertirla algún día en señora de una gran casa, tal como lo era su maman, y tal como lo había sido su grand-mère. Tenía un novio rico, guapo y de buena familia, con el que iba a bailar todos los fines de semana, y en casa del cual comía todos los domingos. Aún era virgen, pues aunque había tenido muchas relaciones sentimentales ya, se decía para sí que todavía no había encontrado el amor.
Esa mañana, Isabel había ido con su selecto grupo amigos, todos ellos lo suficientemente comme il faut, a hacer uno de esos tantos trabajos escolares a la biblioteca de la facultad. En la sala de estudio, repleta completamente, no pudieron encontrar más que una sola mesa semivacía, en la que un taciturno muchacho leía tranquilamente un enorme libro de pastas negras. Todos tomaron asiento sin tomar en cuenta al solitario joven, demasiado ensimismado en su lectura como para darles importancia.
A primera vista el joven no era apuesto, de su rostro abotargado sobresalían los labios exageradamente gruesos y la nariz chata. Vestía muy conservadoramente y tenía los cabellos perfectamente peinados con goma. Sin embargo, había algo en él que llamó extraordinariamente la atención de Isabel. Ella le miraba, le miraba con descaro y parecía igual de ensimismada que él. <<¿Qué es lo que lee?, ¿Por qué no me mira de esa forma tan apasionada a mí que soy tan linda?-pensó.- A lo mejor está enamorado, está enamorado y busca versos para su novia. ¿Será inteligente?, ¿Qué tipo de música prefiere?, ¿A qué se dedica su padre?>>.
Sus amigos notaron pronto la manera tan abstraída en que ella le admiraba. Para picarle comenzaron a bromear entre ellos sobre aquel extraño. Las burlas fueron subiendo al punto que se hacía imposible suponer que el muchacho no se daba cuenta, sin embargo él no decía nada. Cuando ya sin ningún reparo comenzaron a hablarle de manera soez, él de manera educada se disculpó con las damas y se alejo sin inmutarse. Aquello sorprendió demasiado a Isabel. No lo tomó por un tonto. No, para ella había sido todo un caballero. La vulgaridad había estado del lado de sus amistades y eso le avergonzaba mucho.
El resto del día todas las burlas se centraron en Isabel, quien parecía extrañamente turbada después de aquello. "Pero si es un idiota" se decían entre ellos, "y los ridículos zapatos amarillos que lleva y su postura jorobada".
En su cama Isabel no pudo conciliar el sueño. Cerraba los ojos y veía vivamente la imagen del muchacho. <<¿Qué me sucede?-pensó-¿Qué tiene él de especial?>>. Aquella noche pasada en vela no logró entender la razón de su admiración por aquel extraño. ¿Sería posible que se hubiera enamorado?. Enamorado a primera vista de un perfecto extraño. Un hombre al cual no hubiera ni siquiera volteado a ver en otras circunstancias. Pero en ese ambiente, entre las estupideces que decían sus amigos y las miradas de desden de las que lo hacían victima sus compañeras, aquel joven de apariencia distraída y cómica se le antojo harto misterios e interesante.
Al día siguiente, al salir de clases, Isabel se apartó de su grupo de amigos y se fue lo más rápido que pudo a la biblioteca. Estaba decidida a encontrarle. El porqué no lo tenía claro, no alcanzaba a comprender si lo qué sentía por él era un interés sentimental, o si solamente trataba de dilucidar un misterio que ella sola se había planteado con su viva imaginación.
La prisión (como la llamaban los alumnos) estaba tan llena como siempre y por ningún lado se divisaban rastros de él. <>, se dijo así misma. Pero para su sorpresa le vio en un escondido rincón tras uno de los enormes pilares. No lo dudó ni un instante, se acercó a él y cogiendo una de las sillas le dijo:
-¿Puedo sentarme?
-Sí- le respondió él tras permanecer en silencio un rato considerable. Estaba concentrado en su lectura y no le miraba. Y tal vez apenado por su falta de cortesía agregó- Sí, claro.
La respuesta lacónica de él no le hizo perder el interés. En sus ojos se fijó una expresión decidida, parecía decir "yo sé que a ti no te interesa nada más que tu maldito libro, pero ya veremos si piensas igual después de haberme conocido".
Isabel permaneció en silencio unos minutos dizque hojeando un libro, en su cabeza planeaba toda su estrategia para aquel primer tête à tête. Se le ocurrió que tal vez podría decirle todo de forma directa y aclarar así de una vez todas sus dudas "Estoy enamorada de ti", debía decirle ella. Pero finalmente decidió tomarse las cosas con más calma y ver a dónde la llevaban las circunstancias.
-¿Qué lees?- se decidió a decirle.
-Ah, este es un, un libro... Un libro de Anne Bronntë- respondió el completamente azorado, su rostro había enrojecido vigorosamente y parecía que le escaldaban los ojos.
Isabel lejos de desanimarse por sus maneras tan torpes se sintió un tanto alagada, pensaba que tal vez él no estaba acostumbrado a tratar con muchachas, mucho menos aun con tan buenos especimenes como ella misma se juzgaba. En el rostro de él efectivamente se leía la duda, como si pensara que no era posible lo que le estaba pasando. Pero finalmente él, posiblemente decidido a enmendar aquella primera impresión, fue el primero en romper el incomodo silencio.
-Es una novela maravillosa sobre una muchacha que se casa completamente enamorada de un safio patán. Descubre entonces que el amor no es la única razón para contraer matrimonio.
-Yo creo que cuando hay amor nada más falta. El día que encuentre al hombre que amo no pediré nada más- le dijo ella. En su miraba le lanzaba un reto <<¿Te crees capaz de convertirte en ese hombre?>> parecía decir.
De esa manera pasaron muchas semanas, en las cuales ambos se veían a diario en el mismo escondido rincón de la biblioteca. Llevaban siempre la misma rutina, siendo ella la que le buscaba y él quien esperaba. En ocasiones el joven no leía, le platicaba entonces sobre un montón de temas de los que Isabel nada sabía. Hablaba y hablaba sin parar de las guerras napoleónicas, las operetas de Strauss, las novelas de Austen y muchas otras bobadas más ajenas completamente a la muchacha. Ella sólo se limitaba a acertar a todo lo que él decía y de esa forma le daba mucho gusto. En su vida diaria, las divas del cine y los chismes de sociedad habían sido sustituidos por Kutuzov, sus advertencias sobre Austerlitz, Mahler y la historia del ballet Aschenbrödel de Strauss.
Ahora nada de lo que le decía su novio parecía importarle. Como dijo Goethe, algunos son como el eco. Su novio era precisamente así, y como el eco no poseía voz propia y todo lo tergiversaba. <>, pensaba.
Pero él también comenzó a decepcionarle. Poco a poco Isabel se fue desesperando. Iba siempre muy linda, de vestido y medías, con maquillaje y el collar de perlas de su abuela. Pero él apenas y la miraba. Hasta llegó a pensar que podría ser homosexual, cosa que la hizo sentirse muy desgraciada. Ahora ya era muy evidente, le amaba. Amaba sus maneras corteses, su aire distraído, su gestos y hasta sus extravagantes zapatillas amarillas.
Así que Isabel fraguó todo un plan para acelerar las cosas. Le invitó a su casa un sábado por la mañana bajo el pretexto de no poder estar ni un día sin oír sus ingenuidades. Al principio el alegó toda una serie de complicadas eventualidades por las cuales le sería imposible ir. Pero tan decidida como estaba, Isabel refutó todo aquello y le hizo ver que tendría que ir.
Esa mañana, frente al espejo de su tocador, Isabel se arregló como nunca. Sus hermosos rizos dorados le caían como una cascada sobre sus graciosos hombros. Llevaba puesto un bonito vestido de muselina negra y lencería de encaje del mismo color.
-Sabes que he terminado con mi novio- le dijo una vez que estuvieron solos en el salón.
-He terminado con mi novio- volvió a decir ella ante el mutismo de él.- Pues me he dado cuenta que mi corazón pertenece a alguien más.
Qué habría podido salir mal. Ella le amaba, y a él ella le parecía demasiado hermosa. Pero sucedió que la excesiva timidez de él, y la desbordaba animación de ella, degeneraron en una complicada situación en la cual ninguno de los dos encontró palabras. En la mirada de Isabel se podía leer <>. A él esto no parecía importarle, Isabel casi adivinó sus pensamiento <>. ¡Diablos!, las cosas se le estaban saliendo de control, era justamente el momento de mostrarse aguerrida y jugarse su última carta. Sí, así tenía que ser.
Isabel le llevo de la mano a su habitación. Cerro la puerta tras ellos y mostrando su habitual temple, no vaciló en desabrocharse el ceñido vestido, de manera graciosa le dejo caer a sus pies y quedando nada más en su conjunto de ropa interior negro, le miró esperando su respuesta <>. Él miraba estupefacto sin decir nada, y siguió sin gesticular ni una sola palabra cuando Isabel se le acercó con sus taimados ojos.
Besó ella sus carnosos labios, sin retirar de su mirada sus hermosas pupilas negras. Con sus largas uñas rojas acariciaba levemente el bulto que se había formado en la entrepierna de él. De esa forma comenzó a descender, besó primero su pecho, luego el abultado vientre, y se detuvo por fin frente a su bragueta. Isabel ponía ahora en práctica todo lo que había visto en las películas pornográficas de su ex novio. Estaba serena, no temía a aquel primer encuentro que tanto venía deseando. Pero si entonces era toda fortaleza y decisión, cambió completamente al liberar el miembro de él.
Sentía el rostro arder por la pena, verlo en película era una cosa, pero tenerlo tête à tête era otra bien distinta. Ahora que había llegado tan lejos no podía echarse para atrás, una parte de ella quería huir, pero otra, la más dominante, estaba ansiosa por sentirse invadida por el erguido falo. Decidió pues seguir adelante, y dando el primer paso se acercó con una de sus pequeñas manos aquel trozo de carne roja y palpitante. Primero le dio un besito, lo juzgó salado aunque en nada desagradable. Pasó luego toda su lengua por el tronco un par de veces, como si estuviera lamiendo un helado, para llevárselo finalmente de lleno a la boca.
Le excitaba mucho pensar que ella, una muchacha decente y fina, en nada se diferenciaba de las rameras de las películas, pero más la animaba saber que ese primer encuentro lo estaba teniendo con la persona que amaba.
A medida que ella le daba placer con sus rosados labios, él fue perdiendo todo el azoramiento, y saliendo de su letargo, la tomó de los rizos rubios y comenzó a marcarle el paso. Isabel percibió de pronto que la respiración de él se hacía cada vez más entrecortada al igual que sus movimientos cada vez más brusco, quiso apartarse, pero él no la dejó. Sosteniéndola firmemente de los cabellos vertió sobre los hermosos trazos de Isabel todo el líquido que manaba de su virilidad. Isabel estaba ahora completamente colorada, de su rostro y sus rizo escurría una mezcla perfumada de simiente y sudor. Pero para ella no había sido suficiente.
Incorporándose, le lanzó una mirada que le dejo ver claramente que ahora era el turno de ella. El muchacho, demasiado complacido y con el miembro ya flácido, no alcazaba a vislumbrar aquello. Así que de nuevo tuvo que ser Isabel la que recobrara la iniciativa. Volviéndolo a besar, cogió su cabeza y la llevo hacía sus abultados pechos, estos, todavía embutidos en el diminuto sostén de encaje negro, quedaron expuestos de un tirón de él al aire. Una parte de ellos estaba llena de semen pero él, sin reparar en ello, comenzó a lamerlos con fruición. Ponía especial atención a los oscuros y gruesos pezones de Isabel, ahí justamente donde la muchacha sentía más necesidad.
Más vivo ya de lo que había estado nunca, el muchacho posó su mano en la entrepierna de ella, de manera muy torpe, trataba de describir círculos sobre su sexo. A pesar de lo cual, a Isabel, tal vez por el estado en que se encontraba o por la deliciosa sensación que sentía en sus pezones, aquello le bastó para emitir un sonoro gemido y trasfigurar la expresión dulce de su bello rostro en puro placer.
El miembro de él, al fin joven, había recobrado para ese momento su complexión erguida y robusta. Apuntando amenazadoramente a la intimidad de ella. El momento que tanto temían ambos había llegado.
-Prometo no lastimarte Isa- le dijo él. Era la primera vez que él la llamaba Isa. Definitivamente un cambio había comenzado a operar entre ellos.
Ella no le contestó nada y dando a entender su aprobación con su mirada, se lo llevó con la mano para la cama. Dominando la situación le puso a él boca arriba, su punzante barra de carne incandescente se le figuro a la muchacha un bravo toro dispuesto a destrozarle las entrañas. Hasta ese momento todo era muy bueno, sin embargo tendría ahora que medirse la tesitura frente a ese pedazo de hombre encabritado. Todo iba a salir muy bien, ella le amaba y estaba dispuesta a entregarle su virginidad.
Lo que siguió después sería uno de sus recuerdos más memorables. De un salto se le montó encima y guiando la virilidad de él con una de sus delicadas manos, la colocó justo enfrente de su intimidad. Entonces él le tomó la delantera, cogiéndola por la estrecha cintura se enterró en sus adentros. La muchacha dejo escapar ligeros gemidos. En su bello rostro se leía ahora el esfuerzo que hacía, aquello le resultaba pesado sin duda.
-¿Estás bien?- le preguntó él un tanto sorprendido por el hilo de sangre que manaba de ella.
-No pares ahora tonto- le respondió ella. Y a continuación le pregunto-¿Me amas?
-¡Te amo!-dijo él jadeante-¡Te amo mucho Isa! No lo dudes, no lo dudes nunca. ¡Estoy enamorado por primera vez!
-¡María Isabel!- gritó su madre horrorizada al otro extremo de la habitación. Había entrado sin anunciarse y traía en las manos una charola con sendos vasos de limonada.
Un mes más tarde, un tanto obligados por el padre de ella, contraía matrimonio la feliz pareja. Eran todavía estudiantes y se proponían vivir de la hospitalidad y el dinero de los padres de ella. Pero como si nada de eso importase, aquellos que los conocían sabían que a la pareja le esperaban muchos años de dicha. Ambos se amaban, Y en palabras de Isabel "cuando hay amor nada más falta".
|