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Recostado en el sillón junto a la sala de masajes, con un whisky en la mano disfrutaba de su tranquila soledad. La calidez del refugio contrastaba con el frío penetrante que se sentía al salir por la lujosa puerta principal frente a la cual los turistas adinerados surfeaban en la nieve; decidió dormir un rato en su suite, pues su costumbre de escribir en la madrugada así lo exigía. Se levantó y pasó frente a la sala de masajes en la que una bella princesita recibía el servicio acostada boca abajo con las piernas dobladas hacia arriba y descansando su cabeza entre sus brazos.
Una toalla blanca le cubría la espalda y los muslos; la morenita que lo había atendido a él le masajeaba con suavidad los pies a la tierna joven; paseándole sus manos con cierta energía a lo largo de los empeines pegados a su pecho dejaba los muslos a la vista y las lindas plantitas desnudas y aceitadas frente a él. Los tiernos deditos se veían primorosos, diminutos, abiertos como un abanico entre los dedos de las manos de la morenita cuando de cuando en vez los separaba para distensionarlos descansándolos después contra su rostro para tomar los del otro pie, cosa que a la chiquilla no parecía incomodarle. Los tobillos recibían el masaje que les hacía con las yemas de los dedos piecito por piecito mientras aprisionaba los empeines contra su pecho y con las palmas de sus manos cubría apretaba y golpeaba suavemente los talones redonditos, la masajista los halaba con la punta de sus dedos y les hacía movimientos circulares. Después le pasaba repetidamente las manos por las piernas masajeándole los muslos desde las rodillas hasta los tobillitos. La niña adormecida cambió de lado su cabeza sobre su brazo doblado y la morena al ver al hombre de pies frente a la puerta le dijo con cierta frialdad:
- Le puedo servir en algo? Si desea otro masaje puedo conseguirle otra terapista, lamentablemente estoy ocupada.
La niña levantó la mirada y lo vio retirarse apenado, la morena hizo un comentario que el hombre no pudo escuchar y la infantil y explosiva risa de la chiquilla iluminó el lugar. A él le causó gracia la reacción inocente de la pequeña y subió a su suite mientras ella continuaba sonriendo tierna y estruendosamente.
Subió, abrió la puerta, entró a su suite, sacó de la nevera una botella y tras sentarse un instante en el elegante sofá se dirigió a la habitación buscando la comodidad de su cama; continuó bebiendo whisky hasta que se quedó dormido.
Lo despertó el portazo en la habitación de al lado y los gritos de la bella jovencita se escucharon por todo el hotel; cómo era posible que tuviera que quedarse sola porque había una tormenta que no permitía volver a los de la visita guiada, entre los que estaban sus padres que la habían dejado por demorarse? La empleada trataba de calmar a la chica y le tocó a la puerta de nuevo; él, algo tomado abrió imprudentemente la suya; ante la molesta interrupción lo miraron ambas y él se disculpó torpemente, pero al dar la espalda y retornar a su refugio perdió el equilibrio y cayó al piso; ellas gritaron asustadas y lo ayudaron a levantarse. Lo entraron a su suite y lo recostaron en su cama; él intentaba disculparse y mientras la empleada se ofrecía a pedir ayuda desde el citófono la niña vio sobre la mesa de noche la botella de whisky y con mirada de gracioso reproche la ocultó tras su cuerpo, agachándose la puso detrás de la mesita para que la empleada no la viera. Lo miró burlona y le dijo acercándosele mucho
- Parece que tras de mirón es un sinvergüenza.
Le sonrió tiernamente y se paró contra la puerta abierta mientras la empleada entraba diciendo con preocupación: "perdone la molestia, Mariana es tan imprudente, semejante escándalo…mejor le preparo un café." Evidentemente había sentido el olor a whisky y se retiró a la cocina.
La chiquilla se le acercó y le dijo mirándolo fijamente "la masajista me habló de usted. Se divorció porque su esposa era una mujerzuela, como mi mamá. Es escritor y poeta, ha escrito muchos libros y ella (la masajista) los lee y llora en las noches por las historias tan tristes que a usted le da por inventarse. Nunca ha pensado en volverse a casar, o en escribir cosas más alegres? Tiene hijos, hijas? Por qué viene solo? Cómo era su esposa? Es verdad que la descubrió con su amante en este mismo hotel?".
El guardaba obligadamente silencio ante el bombardeo de preguntas y comentarios. Luego de un monólogo de unos minutos la empleada llegó con el café. Se paró frente a la cama y le dijo "ay, maestro, usted podrá tener mucha imaginación y escribir cosas muy hermosas pero nunca se imaginará mi tragedia, esta niña me va a enloquecer (la tomó tiernamente por la oreja), últimamente le ha dado por poner problema tras problema, después que era nuestra mejor cliente…."
El poeta entendió que la niña no era la única charlatana. La empleada le contó muchas cosas y en más confianza se sentó a su lado mientras la jovencita sonriente se recostaba contra la puerta mirándolo fijamente interesada en él.
Su carita era extremadamente hermosa, con unos ojos grandes y una boquita carnosita pero a la vez muy delicada. Su cuello delgado y alargado le daba una imagen de especial sensualidad, era piernoncita y muy coqueta pero se adivinaba en ella la más pura inocencia. La joven subió de repente los bracitos y la pijama de manguita larga lentamente se desplazó hacia abajo dejándolos desnudos, con las manitas abiertas acariciando la puerta. Empezó a descalzarse lentamente un piecito quitándose el zapatito de lana, después lo pegó a la puerta para empezar a subirlo, arrastrando la plantita contra la superficie de madera. Miró al escritor con extraña fascinación, con una sonrisa de expectación algo nerviosa y con mucha picardía.
La visión de esa pierna y ese piecito colocado contra la puerta lo estremeció: a pesar de que la pijama era larga, quedó por encima de la rodilla flexionada y los ojos del poeta estaban clavados en ese bello pie rosadito y delicado, rebosante de ternura y sensualidad, con tobillos insinuantes y deditos muy bien formados que se exhibían como frutitas jugosas, con uñitas brillantes por el esmalte transparente con que estaban pintadas. La bella jovencita consciente de haber logrado el efecto que buscaba volvió a bajar muy lentamente el pie al piso y con la elegancia de un cisne lo volteó ligeramente hacia fuera para que él observara de lado su parte interna. Levantó muy despacio el talón apretando los deditos contra la alfombra. Empinó ese delicado delfincito mientras sonreía con malicia viendo al poeta que agitado le prestaba toda su atención, estaba totalmente rendido ante ella y el pobre hombre no pudo menos que sentirse maravillado cuando vio la hermosa forma que adquiría ese artístico pie al quedar totalmente empinado. La jovencita lo torturó sin misericordia exhibiéndose coquetamente ante él: la deliciosa plantita estirada, el juvenil y fresco empeine y los deditos enrojecidos por la presión, enterraditos con tierna elegancia en el tapete lo hicieron sentirse extasiado.
La empleada pareció percatarse de algo y miró hacia atrás. Alcanzó a ver cuando la chiquilla bajó su pie y algo molesta o quizás algo celosa se despidió y se retiró, invitando a la joven a seguirla, pero ésta se quedó atrás y le dijo al poeta suavemente "hasta mañana, espero que duerma bien rico y sueñe con los angelitos". Lo dijo mientras se agachaba y se quitaba el otro zapatito, y el poeta no pudo adivinar si la pequeña hacía alusión a que sus pies eran los angelitos. Finalmente la chica se retiró y él se limitó a mirarla mientras ella le mostraba sus deliciosas plantitas al caminar hasta que el poeta enternecido ante el arrojo de la chiquilla le dijo
- Está bien. Lo admito: me hiciste apenar delante de la masajista, y ahora logras de nuevo mi atención porque tienes los pies más hermosos que he visto en mi vida.
Ella lo miró sonriendo, se cubrió un instante la carita enrojecida por la vergüenza con sus lindas manitas y le dijo sobreactuando y levantando los brazos una vez más. Puso en su voz un hermoso timbre de niña consentida:
- Lo sé, señor poeta. Podría escribir algún día sobre mí? Escriba sobre un poeta enamorado rendido a mis pies!!!
y se retiró a su suite.
El no podía dormir. Se levantó al rato, se arrodilló frente a la puerta y besó la madera justo donde la chiquilla había puesto su hermoso piecito una media hora antes. Besó el piso y se levantó, sonrió, paseó por la sala a oscuras alterado por la extraña sensación de impotencia ante esa hermosura sin igual pero a la vez inalcanzable para él y por algún extraño instinto miró por el ojo mágico de la puerta. La niña estaba sentada frente a la puerta de su suite con las piernas estiradas en el piso helado y en actitud muy triste. El la miró en silencio un rato pero de repente sin saber por qué abrió su puerta. La chica lo miró y él trató de hablarle pero la joven le hizo señas con su dedito en la boca de que callara, se levantó y sigilosamente caminó hacia él.
- Qué te pasa?
Lo miró. Estaba llorando en silencio y él instintivamente la abrazó enternecido, le quitó la llave de su suite de las manitas y la puso sobre la mesa, cerró muy suavemente la puerta y la llevó cargada hasta el sillón. Ella se sentó con las piernas dobladas y entre sollozos se limitó a preguntar "tienes jugo de naranja?"
La joven se recostó en el cómodo sillón con sus piernas estiradas. Sus piecitos congelados fueron rápidamente cubiertos con la bata levantadora del poeta que ya le entregaba el jugo. Entonces la chiquilla le dijo
- Casi me congelo allá afuera, pensé que no me ibas a abrir. Por qué dudaste tanto?
El la miraba en silencio sin saber qué hacer, y la chiquilla tomó una vez más la iniciativa. Le dijo con una linda carita de reprobación "tú tienes la culpa de que mis pies estén helados. El con toda dulzura tomó los angelitos entre sus manos y empezó a calentarlos. Una vez los sintió tibiecitos los envolvió en su cálida levantadora. La joven sonrió y se estiró cuan larga era. El se sentó en el otro sillón frente a ella, y la vio cerrar sus ojitos. De repente ella se levantó y se fue a la habitación.El vaciló. La jovencita estaba en su cama, pero la vio tan tranquila y dueña de la situación que se postró a sus pies y empezó de nuevo a acariciárselos suavemente. Los masajeó unos minutos sintiendo una extraña mezcla de temor ternura sensualidad y deseo. Quería besarlos pero no se atrevía. Excitado pero acobardado la miró y ella lo miraba fijamente, desafiándolo. La joven sonrió cuando él sumiso e incapaz de atreverse bajó la mirada. Ella sólo pensaba en ese momento "vamos, hazlo…hazlo…". El no entendió, y la miró nervioso. "Eres más tímido de lo que cree la masajista, que cree que eres muy pero muy tímido. Apaga la luz". La joven se sentía ama, ante el miedo que le mostraba el escritor que tenía ante ella como un trapito sucio, rendido ante su belleza y sus caprichos. El se levantó, apagó la luz y cayó una vez más postrado, la jovencita se impacientó y dijo "vamos…" Pero luego agregó algo más, cuando lo vio por el reflejo de la luz de la luna tan atemorizado mirándole fijamente los pies. Sonrió y le dijo con cierta autoridad:
- Bésame los pies, mi poeta.
El poeta sintió su corazón detenerse. Una hermosa jovencita de quince años acostada en su cama lo tenía de rodillas en su propia habitación de hotel y le decía "bésame los pies". No lo podía creer, lo desafiaba abiertamente!!! Así que se sintió humillado por una joven, lentamente acercó sus labios y le rindió pleitesía varias veces en cada piecito, e instintivamente empezó a mordisquearle y lamerle los deditos y las plantas, y a acariciarse el rostro con esa piel delicada y pura. Sentía esos delicados pies como pétalos de rosas entre sus manos y sus labios y de repente se sintió un cazador. Entendió que esa chiquilla lo fustigaba porque buscaba experiencias y decidió regalarle a la joven un momento inigualable.
Lentamente empezó a besar un poquito más arriba de los tobillos, y con sus diestras manos le acarició la parte inferior de las piernas rodeándoselas con muchísima suavidad. Fue besándola muy suavemente a la vez que ganaba terreno subiendo su cuerpo en la cama y sin darse prisa subió y subió besando y mordisqueando hasta que llegó a las rodillas.
Todo iba bien, escuchó la respiración agitada de su princesita y con la puntita de las yemas de los dedos le tocaba con mucha suavidad las piernas hasta que se centró en la parte posterior de las rodillas, un secreto punto de placer, y allí la besó y con la lengua le acarició despacito. Acariciaba con gran tacto doblándole las piernas a la joven ligeramente para aumentarle la sensación de placer mientras lograba sutilmente ganar espacio e ir subiendo más… Se detuvo unos instantes en que empezó a escucharla gemir muy suavemente ante las caricias y decidió ascender más, hacia la parte interna de los muslos. Sin dejar de acariciarla con sus manos estiró su cuello y empezó a pasarle los labios por los muslos, muy despacio y suavemente. La joven seguía respirando agitada y de repente le puso la manita en el rostro alejándolo de sus piernas.
- No, no…ahhh.
Llegaba un momento que siempre llega. La joven pedía que le soltaran cuerda en medio de la pesca en que había buscado el anzuelo para morderlo. El sonrió y sin dejar de acariciar le dijo "tranquila, tranquila, no pasa nada. Si quieres me detengo…". La hizo sentirse dueña de la situación pero siguió besándole los muslos sin detenerse. "No, no,…" pero no intentaba detenerlo. Era parte del juego sexual decir no mientras con el alma le decía que sí. El subió, sintió en sus mejillas cada vez menos espacio entre las piernitas calientes hasta que con su nariz sintió que llegaba a los pantys. Empezaba a cantar victoria, a ella le temblaba todo y se movía a lado y lado muy suavemente excitada pero aterrorizada, y él lentamente le tomó las manos y se las puso sobre el monte de Venus. Ella las retiraba pero él insistía hasta que la joven las dejó ahí, y él le mostró cómo mover sus delicados deditos para que se masturbara ella misma, todo mientras le mordisqueaba y besaba el pubis sintiendo dolor en el cuello porque lo tenía muy doblado para ofrecérselo a ella, pero no era el momento de acomodarse, aún no.
Cuando logró que la chica se acariciara con sus deditos mientras él le mordía la zona cero se sintió seguro del siguiente paso y con los brazos le rodeó las piernas por debajo de las nalgas obligándola a levantarlas muy suavemente. La joven respondió bien, estaba haciendo la tarea como una alumna aplicada: seguía con sus deditos acariciándose su vello púbico gimiendo y él que con los brazos le rodeaba las nalguitas por debajo le puso las manos sobre el vientre y empezó a acariciarle el estómago hasta donde podía, para ir cerrando el área de las caricias hasta debajo del ombligo, donde concentró el masaje sutil como el aleteo de una mariposa. Con las yemas de sus dedos doblados le paseó casi imperceptiblemente el bajo vientre sin tocarle los pantys pero a milímetros de estos. Un leve temblor de la joven le indicó que estaba haciéndolo bien en ese lugarcito especial.
Se lo acariciaba revoloteándole suavemente con sus yemas mientras con sus dientes le mordisqueaba los labios vaginales y la chica con sus deditos hacía su parte excitándose ella misma. Ya estaba más excitada, así que le tomó las manitas y se las puso a lado y lado de su cintura invitándola a que se quitara los pantys mientras le besaba y le mordisqueaba los muslos y el monte de Venus. Ella las dejó quietas así que él le tomó los dos deditos índices, se los puso dentro de los pantys y se los guió tiernamente hacia abajo. Ella entendió, levantó la cintura de la cama lastimándole sin percatarse los labios a su profesor y se bajó los pantys que él sintió sobre su cabeza, se corrió hacia abajo rápidamente se puso de rodillas y elevándole los pies a su alumna se los quitó en un instante. Para su fortuna la vio sonreír tranquila, reposadita y muy bien trabajada; entendió que nada le impediría regalarle su primer orgasmo.
La desnudez de la joven le descubrió un mundo que jamás pensó ver en su vida: un cuerpecito inmaculado, una hermosa y exótica diosita abierta a él como una selva virgen, excitada y preparada para su primera experiencia con un hombre.
Se volvió a acostar boca abajo para servirla y llegó directamente al pubis. Lo besó, sintió el vello en su cara y con la lengua empezó a peinarlo para acrecentar la sensación de placer en su alumna, que plácidamente tendió sus manos en la cama buscando las de él, que lamentó no poder seguir acariciándole el punto G con las yemas de sus dedos. Aún así la joven era ama y si le había buscado las manos era porque se sentía más segura así, él era sencillamente un esclavo a su servicio.
El soltó una de sus manos para poner cobija debajo de las nalgas de la joven. Tenía que crearle una zona de reposo para que su vagina quedara levantadita y así darle lengua con más comodidad evitando a la vez que un desagradable hilo de saliva le recorriera las nalguitas.
Con su mano subió la cobija y creó un monte suficientemente alto para que ella pusiera su colita sobre él. Una vez hecho esto revisó el ángulo de ataque de su boca y se percató de que ella había quedado en posición más que ideal. La joven lo vio muy seguro de lo que hacía y cerró los ojos emocionada mientras él reiniciaba los mordiscos y las lamidas en vello púbico. Ella estaba dichosa: por fin lograba tener a un hombre rendido a sus pies, dispuesto a hacerle sexo oral con tanta ternura y entrega. Lo dejó que mostrara sus habilidades, parecía tenerlas.
El poeta empezó a darle círculos con la lengua en la vaginita para irla calentando cada vez más, y de vez en cuando le hacía un suave barrido entre los labios para refrescarle toda la zona tras lo que le chupaba con extrema suavidad el clítoris para después lamérselo repetidas veces rápido y despacio, en círculos abiertos y cerrados y en línea recta. Ella empezó a sentir algo que la sacaba de su cuerpo, se olvidaba de que era una chica en una cama y se sentía como una hoja volando en el viento, gemía desesperada, ladeaba su cabecita como enloquecida sintiendo su corazón estallar. Aún así se dejó trabajar y él, todo un maestro siguió llevándola muy suave y lentamente cambiándole el ritmo de las lamidas y las chupadas pero sin detenerse en ningún momento. Ella siguió quejándose ahogadamente hasta que de repente en medio del temblor sintió hielo en los pies, que luego le congeló las piernas, llegó rápidamente a su espalda, le hizo cosquillas en el estómago, le subió por la columna subió por su cuello y le atacó certeramente el cerebro. Sintió como un ataque de epilepsia en el que vio lucecitas de colores aunque tenía los ojos los puños y los deditos de los pies cerrados con todas sus fuerzas, casi hasta reventarlos. Entonces pensando que estaba muriendo explotó:
-Aaaaahhhhhggggg!!!!!!! Diosssssss!!!!!!!!!
Quedó templada. Lo siguiente que vio cuando volvió en sí fue a su cuerpo doblado de lado en posición fetal, totalmente encogido y a un pobre diablo estampado con todas las fuerzas de sus piernas y sus pies entre éstas y su sexo. Lentamente recobró la sensación de su cuerpo y lo soltó, desenredándole con dificultad los pies de la espalda y las piernas del cuello. Esas piernotas lo habían aprisionado en el clímax y le hicieron una especie de llave de judo que ningún experto usaría contra el frágil cuello de un amante. Estaba totalmente estático, y luego de unos segundos en que descansó su cabeza en una de las piernas de la joven se tomó el cuello con lentitud y alcanzó a susurrar:
- Creo que me desnucaste. No puedo moverme, espérame un momento.
Ella le dijo "a-já" como queriendo decirle "sí". Estaba igual que él, tratando de asimilar y recuperarse de la sensación descomunal que le habían prodigado. Cerró los ojitos rendida de cansancio y saciada por el momento; lentamente se quedó dormida.
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